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Bitacora | 22/02/2026   07:03

Un modesto caballero en un mundo de oligarcas

Tras desmenuzar la multimillonaria y exitosa saga de Juego de tronos, el autor remarca la simpleza y tino que hacen de "El caballero de los Siete Reinos", acaso lo más destacado.

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Brújula Digital|22|02|26|

Mauricio Souza Crespo / Tres tristes tigres

1. Esta podría ser la historia de Juego de tronos, en números: Tuvo ocho temporadas y 73 episodios de duración variable (de 50 a 90 minutos) transmitidos desde el 2011 hasta el 2019 (Daenerys Targaryen muere en vísperas de la pandemia). Los episodios de la primera temporada empezaron costando, en promedio, la friolera de $us 6 millones cada uno; en la última, la octava, ya costaban $us 15 millones. De esos dineros, la mayor parte se gastó en imágenes generadas por computadora (CGI), de dragones, por ejemplo; en locaciones diversas –más de 50 de 10 países– y en un reparto que convocó a 550 actores. De esos 550, la docena y pico de sobrevivientes principales ganaba hacia el final un millón de dólares (y más) por episodio. Ya desde el 2011 el público era masivo y fue creciendo. El primer episodio de la temporada final fue visto en 173 países por más de mil millones de personas.

 2. ¿Por qué Juego de tronos despertó tantas y tan intensas devociones? Una posible lista de razones, no excluyentes sino complementarias, podría ser la siguiente: a) logró desde el principio una combinación desigual pero entretenida de intriga palaciega, brutalidad y mundos creados; b) trazó una saga que, aunque de hebras diversas y centenas de personajes, no dejó de ser fácil de comprender, un clásico relato de buenos contra malos; c) mantuvo un invariable tino en la selección de actores, con frecuencia sobresalientes; d) halagó hasta la obscenidad el gusto contemporáneo por las supuestas atmósferas medievales, gusto que está a la vista en varios videojuegos exitosos; e) la decisión, tomada de las novelas de George Martin, de proponer personajes que evolucionan y se transforman (algo que la televisión, en general, no suele hacer bien); f) la inusual tendencia de, a falta de mejores giros, eliminar a los protagonistas del relato, matándolos a diestra y siniestra para nuestra sorpresa y regocijo; etc.

3. Desde su torpe conclusión de Juego de tronos, hace ya seis años, la compañía de cable y streaming HBO ha estado buscando algo que reemplace esa apoteosis y continúe la que, se sabe ahora, fue una edad dorada, coronación de una seguidilla de triunfos de crítica (la serie The Wire [2002-2008]) y triunfos de crítica y público (Los Sopranos [1999-2007). Por eso se han considerado 14 diferentes precuelas, secuelas y ampliaciones de Juego de tronos: con tantos personajes y reinos, debería haber material para muchos años. De esos proyectos, solo dos han prosperado hasta ahora: la precuela La Casa del Dragón (de la que hay dos temporadas, a 20 millones por episodio; la tercera se estrenará en junio de este año) y la también precuela El caballero de los Siete Reinos, adaptación de la primera de una trilogía de novelas breves del mismo autor. La serie sigue las aventuras del caballero Dunk y su escudero Egg.

4. Confieso que, aunque a menudo me resultaba entretenida, vi Juego de tronos con una sostenida impaciencia y distracción. La parte invariablemente entretenida –como en algunos capítulos de otras sagas hollywoodense similares– es lo que esa industria llama “production values”, es decir, sus “valores de producción”: el minucioso y a ratos feliz derroche de plata en escenarios, vestuarios, efectos, locaciones exóticas, etc. La impaciencia, en cambio, derivaba en mi caso de la elementalidad de las ideas narrativas en juego. La variedad de locaciones, personajes y vestuarios –sin duda un atractivo– nunca logró aliviar el tedio producido por la enésima repetición de lugares comunes ya fatigados por tantas películas de superhéroes: aquello de que el poder corrompe (“absolutamente”), de que ni el músculo ni la ambición descansan un minuto, de que los poderosos, para llegar a serlo, tienen que ser psicópatas sobreactuados, de que un maquiavelismo pop explica cómo funciona el mundo, etc. 

5. El caballero de los Siete Reinos es un proyecto modesto: seis episodios de poco más de 30 minutos cada uno (el episodio final de la temporada se emite, en HBO, este domingo 22). La brevedad de la temporada y de los capítulos responde a la disciplinada sobriedad del relato –seguimos las aventuras de un caballero pobre y su escudero niño, nada más y nada menos–, pero también al tono buscado: hay en los pocos y breves capítulos de esta precuela más humor que en los 73 largos episodios de Juego de tronos

6. Esta es, entonces, una suerte de comedia. Hay en ella el brillo y el esplendor de un mundo medieval como imaginado para un juego de video, la fácil y casual brutalidad de las maneras de mesa y los encuentros entre rivales, las obvias intrigas dinásticas y palaciegas, pero, además de todo esto y a diferencia de Juego de tronos, hay más momentos de lograda levedad, de delicadeza incluso. Véanse por ejemplo esos minutos en que Egg entrena y le habla al caballo que su caballero lumpen montará en un torneo: difícil pensar que algo tan eficaz, por su melancólico lirismo, haya sido ofrecido por la saga de decapitaciones, hielos, fuegos y torturas varias de Juego de tronos

7. A lo que voy es a esto: con menos efectos, con menos dragones, con menos locaciones y menos dinero, El caballero de los Siete Reinos es tal vez el mejor relato –la mejor serie– salida de esta franquicia y de este universo. En parte, su principal virtud ya la anuncia el título en inglés, un detalle que la traducción al castellano no refleja: no se trata de “El caballero de los Siete Reinos” sino simplemente de “Un caballero de los Siete Reinos”, navegando –como tantos de nosotros, ciudadanos de a pie– un mundo organizado en familias –verdaderas empresas monopólicas– que parecen haber estado ahí, manejando el mundo a su antojo, desde siempre y para siempre.



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