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Bitacora | 22/02/2026   07:07

Revisitando la bodega de don Jaime

Una celebración de uno de los últimos proyectos de Cachín Antezana: la reedición y actualización de "La bodega de Jaime Saenz", de la mano del coautor y editor Marcelo Paz Soldán.

"Jaime Saenz" (fragmento), cuadro de Ricardo Pérez Alcalá incluido en "La bodega de Jaime Saenz" / famikia Pérez Alcalá
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Brújula Digital|22|02|26|

Martín Zelaya

Dejando de lado solo por un momento la literatura, ¿qué se viene a la mente al escuchar el nombre de Jaime Saenz? La cueca No le digas, con seguridad, cuya letra presenta en la novela Felipe Delgado (1979) y que años después fue magistralmente trabajada por Willy Claure al influjo del Jechu Durán. El aparapita, el saco de aparapita. Las cantinas o bodegas, el alcohol y la noche. La muerte, las calaveras, los relojes… Y La Paz, de punta a canto, la ciudad que habitó y que, en cierta medida, se inventó, como bien dijo Luis H. Antezana.

Saenz es letras, música, olores, esencias y bagaje. Es el escritor boliviano trascendental; creador de imaginarios, forjador de universos y referencias. Leerlo y releerlo es lo fundamental, pero no lo único: si se puede revisitar sus mundos, qué mejor que lo multimedia. Eso lo pensaron Cachín Antezana y Marcelo Paz Soldán hace más de 20 años cuando salió La bodega de Jaime Saenz en formato CD interactivo, tan innovador entonces, como obsoleto ya desde hace bastante.

Por eso es tan importante la reedición que acaba de salir del horno. Si en el CD de 2005 lo digital era la base para acceder a los textos; ahora, paradójicamente, se vuelve a la base: el libro de papel, del que –QR mediante– accedemos a imágenes, audios y videos.

Oír mentar a Jaime Saenz es –para seguir con la premisa–, tener en mente a David Mondacca, que lo conoció y aprehendió de tal manera que lo pervive en el escenario; es Nevando está, de Adrián Patiño; es Bruckner; y es también arte: dibujos, autorretratos, garabatos. Con todos estos ingredientes, La bodega de Jaime Saenz es ahora, como hace 20 años, un aleph saenzeano imprescindible.

El prólogo de Paz Soldán, disponible en estas páginas de Bitácora, detalla y esclarece todo. Como aditamento, veamos extractos de algunas de las lecturas nuevas que este libro ofrece en torno a algunas de las prosas clave del autor paceño.

Vidas y muertes
 
En “Vidas y muertes: apariciones en las desapariciones”, Edwin Guzmán plantea:

Acaso no haya una escritura y un universo tan particular en la literatura boliviana como el de Jaime Saenz. El conjunto de su obra se manifiesta a través de una cosmovisión, una poética y un discurso que trasciende hacia una filosofía propia. Sea en el caso de la poesía, la narrativa o incluso en ese filón literario testimonial que lo caracteriza. (103)

A partir de ello analiza los retratos de este libro como una todo y desde las singularidades: “Summa de vidas, paisaje humano que se agita en antiguos barrios de La Paz. Rostros que brotan e, inéditos, evidencian las diversas facetas que albergan los destinos y antidestinos de la urbe”. (104)

Felipe Delgado y el aparapita

Mauricio Murillo plantea que “partir de la imagen del saco de aparapita puede iluminar ciertas significaciones de esta novela que instauren, en lo posible, alguna puerta de entrada para futuras lecturas”. (119)

En “Remendar las pieles, remendar las telas. El saco de aparapita en Felipe Delgado y el cuerpo del monstruo en Frankenstein”, Murillo aborda el sentido de lo abigarrado y otros conceptos saenzeanos clásicos a partir del aparapita, personaje, acaso, más saenzeano que el propio Saenz.

Más allá del aparapita como figura central, que se representa en distintos personajes de la novela, su vestimenta es lo que marca la búsqueda de Felipe: él quiere poseer un saco de aparapita. “Uno de los rasgos esenciales de estos aparapitas es su saco, ese entretejido de retazos donde el caos y el orden y el tiempo se confunden” (Antezana); esta confusión que marca Antezana representa lo fragmentario de la prenda. Los retazos son su forma, lo fragmentario es lo que lo constituye. Es a esta imagen a la que se dedicará esta lectura de Felipe Delgado. (120)

Los papeles de Narciso Lima-Achá

Partiendo de que indiscutiblemente Felipe Delgado es “la novela andina más importante del siglo XX”, Álvaro Loayza advierte en “El compendio humorístico de Jaime Saenz: el manuscrito de Carlos María Canseco” que “no por esto vamos a dejar de lado a su otra novela, Los papeles de Narciso Lima-Achá, la cual nos enriquece y ensancha el universo saenzeano, además de permitirnos afinar la óptica sobre temas que obsesionaron al barbado bardo”. (133)

Una muestra del planteamiento de Loayza en este artículo: 

Saenz tiene un dominio absoluto de la paradoja con ineludibles giros humorísticos, y en la novela la utiliza numerosas veces en voces y diálogos que van de lo solemne a lo coloquial, de lo eminente a lo procaz, de lo metafísico a lo escatológico. (138)

Sobre esta misma novela trabaja Diego Loayza en “El papel de Narciso Lima-Achá en la obra de Jaime Saenz (apuntes a calzón quitado)”.

El libro mete el dedo en la llaga sobre un tema discordante, aunque solo en apariencia: la atracción del hombre por el hombre, la glorificación del eros masculino y su relación con el nazismo o toda forma semejante de culto disciplinario-militarista-homofóbico. No son dos aspectos separados u opuestos sino íntimamente ligados dentro de una dialéctica perversamente soslayada por la maquinaria represora. (147)

Los cuartos

En “Los cuartos de Jaime Saenz: ¿un espacio femenino?”, Vicky Ayllón escribe:

Me parece que este tipo de lectura puede operarse en toda la obra de Saenz que es más femenina de lo que se piensa (en términos semióticos precisamente). No hay que perder de vista que Los cuartos, a diferencia de otros textos narrativos o poéticos, es un relato con personajes preponderantemente femeninos, una familia, un mundo, amistades y lealtades entre mujeres. Eso es específico en el texto y, por lo tanto, no sería lo de menos. Asimismo, no hay que reducir Los cuartos a La Paz y sus conventillos, obviando a los personajes, especialmente a la tía. (156)

La piedra imán

En “Olor a piedra imán. Glosas en torno al culmen de la sinestesia saenzeana”, Martín Zelaya propone “una (re)lectura sintética y comentada –a veces comparada, a veces glosada– punto por punto, capítulo por capítulo. Una invitación a indagar en las claves conceptuales y ontológicas de la obra, pensamiento y vida (acaso una y misma cosa) de Jaime Saenz” (159)

El cuerpo (que) ya no hay.
            La piedra. Su poder, su influjo.
            El despertar, su preeminencia en la consciencia y deliberación.
            Instinto y embeleso.
            Las divagaciones filosóficas de tiempo, muerte y memoria; de lo corpóreo y sus variaciones y posibilidades, se concentran en unos cuantos párrafos esenciales en la obra saenzeana. (169)

Saenz y la música

Cierra el corpus de ensayos sobre diversos libros en prosa de Saenz –el plus de esta segunda edición, gran aditamento al material del CD original– un texto que más bien va más allá y explora la estrecha interrelación de la vida y obra del poeta con la música: “Intersección Bruckner: Jaime Saenz se encuentra con Sergiu Celibidache”, de Diego Valverde.

Los encuentros en los talleres Krupp tienen un marcado carácter musical: lo primero es oír música, las lecturas vendrán después. Díez Astete recuerda las reuniones con Alberto Villalpando y su primera esposa, Camila Nicolini. Juegan generala, “pero sobre todo escuchábamos música clásica y conversábamos sobre ella y sus autores en largas tenidas”. Y cita un recuento de preferencias de Jaime Saenz: Bach, Beethoven, Mozart, Brahms, Vivaldi, Haendel, Albinoni, Sibelius, Richard Strauss, Wagner, Ravel, Schumann, Bartók, Dvorak, Mahler, Bruckner, las Bachianas brasileiras de Villa-Lobos. (181)

Otro inédito de esta “bodega II”, es la larga y suculenta charla entre los autores, Marcelo y Cachín, donde este comenta: 

La imagen que deja Jaime Saenz del aparapita inspira una colección de cuadros bellísima de [Enrique] Arnal, saenzeano totalmente, pero que se alimentan mutuamente; son unos cuadros preciosos, toda una colección. [Ricardo] Pérez Alcalá tiene una secuencia de veinte acuarelas dedicadas a Saenz, con esa imagen prácticamente de aparapita, llevando su propio cuerpo. Existe un retrato de Jaime Saenz hecho por Pérez Alcalá frente a un plato de rostro asado… (81)

Las piezas del maestro Pérez Alcalá que se incluyen en uno de los anexos del libro, y que cierran un círculo perfecto de lo “multimedia” que guio el proyecto original –junto a fotos de Mondacca encarnando al bardo, y a las “imágenes paceñas” actualizadas–, ilustran también estas páginas de Bitácora que buscan no otra cosa que invitar rabiosamente a sumergirse en esta bodega.



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