Apuntes sobre Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025) de Mariana Enríquez.
Brújula Digital|22|02|26|
Martín Zelaya
Matías Kovac es un adolescente marginal que sobrevive doblemente excluido: por la sociedad y por su submundo. Débil, falto de carácter y decisión, no tiene chances de salir adelante en la violencia total: bullying, narcos, choros.
Su vida-familia-barrio son un cliché de lo villero: un padre pederasta que los abandonó, una madre desangelada y fanática cristiana, una hermana drogadicta y promiscua. Solo sale del molde Cristian, el hermano mayor y ausente: no se resignó al destino y huyó a España.
Este par de premisas le son suficientes a Mariana Enríquez para sostener Cómo desaparecer completamente, su segunda novela, recién reeditada por Anagrama tras más de 20 años. La voz genuina y limpia que sobresale sobre todo en sus relatos, lleva a devorar todo lo que la autora argentina escribe, más allá de claros altibajos: Será difícil igualar sus tres cimas: Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016), cuentos; y la oscura y fascinante novela Nuestra parte de noche (2019).
En medio del vacío, solo Cristian parece ser el faro, pero apenas con el ejemplo: perderse sin rastro, y unos crípticos cuadernos con apuntes y letras de rock que le deja como único bálsamo. La debacle de su hermana –matan a su pareja (un dealer de poca monta) y ella queda desfigurada al fracasar en suicidarse con tiro en la cara– le da el impulso final. Por su puesto, Enríquez no cede a tentaciones hollywoodenses y deja un final abierto para que cada lector le dé el cierre que mejor pueda imaginar.
Yo no tendría que estar buscando a mi madre en estos momentos, pensaba Matías, ni tendría que haber llamado a una ambulancia antes, porque me tengo que ir y tengo que decidir a dónde, y si los transas o los canas o quien sea vienen y matan al pendejo o a mamá (eso estaría tan bien, un par de lagrimones y nos la sacamos de encima a la loca). Y dónde se metió esta gorda pelotuda. (178)
Esta es una panorámica verosímil y descarnada de los condenados a la miseria; más que a la pobreza extrema, al summum de lo grotesco y a la imposibilidad de aspirar a algo diferente. De los marrones, los villeros, los que nacen con un límite, una pared que los divide de quienes tienen derecho a soñar.
Subió al vagón. El olor a panchos y sudor y mal aliento, ese mal aliento de los recién levantados o de los que llevan muchas horas sin comer lo iba a volver loco algún día. Y después llegarían los números fijos: el nene quemado que te tironeaba el brazo pidiendo monedas (otro monstruo. En el barrio había varios. La Gorda Suárez. Quién más está. El Petete con la hernia en los huevos… como si tuviera los pantalones cagados. El Nene, con la cabeza puntiaguda… la madre del carnicero que se cortó la mano con la picadora de carne… y Carlita). Los excombatientes. La renga, el ciego del charango, el ciego de las zambas, el sin piernas, el desocupado, los nenes sucios y gritones. (157)