A propósito de "Trilogía de la ocupación", de Patrick Modiano.
Brújula Digital|15|02|26|
Raúl Teixidó
1940-44: París ocupada por las tropas del III Reich.
Patrick Modiano (1945) levantó acta de esos años de penumbra y vergüenza, impostura y prosperidad ilícita. De guerra sorda y sucia librada de puertas adentro por el ocupante contra la resistencia patriótica, ejército en la sombra o “Ejército de las sombras” (título del filme que Jean Pierre Melville consagró al tema).
Durante ese aciago periodo floreció vigorosamente una especie maligna, comparable a una planta carnívora: el colaboracionismo: agentes nativos –por afinidad ideológica o pura conveniencia– a sueldo del poder establecido, para el que representó una invalorable ayuda. Un estigma nacional sobre el que las conciencias “culpables” se esforzaron por correr un espeso velo, como si, en realidad, aquello nunca hubiera ocurrido.
¿Quiénes hicieron posible, por activa y por pasiva, la existencia de esa sociedad secreta de canallas y mercenarios, enriquecida merced a su oprobioso cometido y que luego disfrutó de una vida regalada al finalizar la contienda? Escoria de ambas orillas del Sena, atraída por el olor a podredumbre: mercachifles ansiosos de granjearse respetabilidad social, aristócratas venidos a menos, propietarios de clubes nocturnos y salas de fiesta, mujeres de conducta disoluta, proxenetas, trepadores, homosexuales y morfinómanos, la crême de la crême que jugó a placer con las cartas que el destino había puesto en sus manos (las grandes catástrofes históricas –guerras, en particular– siempre benefician a algunos, a la par que propician imprevistas transformaciones sociales que lucen vitola de legitimidad).
El lugar de la estrella
El protagonista del primer volumen de la trilogía responde al nombre de Jean François Des Essarts (le interesa que suene inequívocamente francés), tomado de los papeles de un amigo difunto y, por lo tanto, falso, como todo lo que concierne a su opaca identidad.
Bien parecido, sociable, emprendedor, en circunstancias normales, un buen partido para cualquier jovencita de familia bien en edad de merecer, aunque su modus vivendi resulta mucho menos ponderable: Des Essarts trafica con drogas, armas y carne humana (un adelantado del Plan Marshall y del libre comercio, que pronto se impondrían en Europa).
Sin embargo, su principal fuente de ingresos proviene de la delación, el negocio más fructífero del momento, que requería sagacidad, buenos reflejos y pocos escrúpulos. Cien mil francos por un teniente de la Resistencia y cantidades progresivamente menores (nada desdeñables, en todo caso) por mandos intermedios, miembros sin pedigrí y simpatizantes de la causa patriótica. Incluidos repartidores callejeros de panfletos contra el gobierno de Vichy, todos tienen un precio estipulado.
Vigilancia, seguimiento, delación, captura
Las víctimas son objeto de vejaciones, cruentos interrogatorios y, por último, de ejecuciones sumarias, con alevosía y nocturnidad. Huesos rotos, sangre derramada y una fosa común.
Para Des Essarts, la literatura que genera el asunto es melodramática y exacerbada, polvareda sentimental trufada de indigesta elocuencia. La compasión (y otras virtudes cristianas) son ajenas a su naturaleza. Él está hecho “de otra pasta”. Contrapone, sin vacilar, sus buenas razones a los moralistas que cuestionan su proceder:
¿Qué quieren que haga? No pertenezco a la Liga de Derechos Humanos, ni siquiera a la Sociedad Protectora de Animales. De hecho, soy tan vulnerable como el que más y debo únicamente a mi modesta manera de salvaguardar el pellejo no ser capturado en plena noche, como tantos, encerrado en un calabozo o “desaparecido” en el asiento posterior de un coche policial con pinta de transporte funerario... ¿Conciencia, escrúpulos? Todos hemos oído hablar de ello en alguna ocasión, pero la experiencia demuestra que se vive más sosegadamente sin ninguna de esas pamplinas inscritas en tu código genético... Por último. señores míos: ¿quién está legitimado a dar lecciones de ética en estos tiempos?
Entretanto, la siniestra Hermandad Delatores-Verdugos trabaja a destajo “para ganarse el sustento”. Humanos, al fin y al cabo, experimentan cansancio y hastío por las exigencias que comporta su macabra labor. Me pregunto si un día acabaremos con todos ellos, protesta uno de tantos. Lo que de veras me pone enfermo es la celeridad con la que esa gentuza efectúa los relevos –corrobora un compañero de penurias–: eliminamos a un cabecilla y enseguida otro –del que aún no sabemos nada– le sustituye en el cargo. ¡Y vuelta a empezar! No hay derecho –remata su interlocutor–. ¡Esos patriotas de pacotilla podrían, al menos, darnos un respiro!
Des Essarts, funcionario ejemplar: su obsecuencia e insensibilidad repugnan incluso a quienes pagan generosamente sus servicios, sin acabar de comprender que un francés (judío, por añadidura) desempeñe su mortífero rol con tamaña flema y desapego. Sin duda, es de los que, si la conciencia amenaza con incomodarles por la noche, suben el volumen de la música... Si pudiera escucharles, Des Essarts se encogería de hombros: estos ilusos no lo han entendido. En el fondo, se trata simplemente de sobrevivir.
Los que han caído por el camino, ahí se quedan, conformes con un epitafio, una efigie de cartón-piedra o las lágrimas de una madre o una novia. Migajas del banquete de la vida. Le asiste además la certidumbre de que, cuando todo termine, podrá disfrutar de una existencia sin sobresaltos, que algunos prefieren llamar vida decente. ¿No es a lo que aspira todo hombre de bien, especialmente en tiempos tan oscuros como los que le ha tocado vivir?
Ronda nocturna
El título de la segunda entrega recuerda al de una célebre pintura de Rembrandt, si bien la guardia armada del original luce, en este caso, atuendo de camuflaje, y su cometido no es la prevención del delito durante las largas noches flamencas, sino la implacable “caza al hombre” por decreto, en un territorio urbano (Distrito XVI) detallado al milímetro por el ocupante, como el mapa del tesoro en una novelita de aventuras.
El chief character de la novela es un tipo “con todas las de la ley”: posee permiso de armas y carnet especial (verde, atravesado por una banda roja) que le autoriza a realizar todo tipo de acciones consideradas “ilegales” o “arbitrarias” en tiempos normales.
Sociable, empático, bon vivant, se gana con facilidad la confianza de resistentes y simpatizantes de la causa patriótica que, más pronto que tarde, acabarán en manos de la Policía Secreta. Impertérrito, no tiene reparo en asistir a razzias y allanamientos de domicilio (producto de sus delaciones) de muchos que, hasta ayer, le consideraban “uno de los suyos” y a quienes, en el momento más álgido, mira de frente, con ojos de muchacho fiable y honrado.
Los bulevares periféricos
El telón de fondo de la tercera parte ofrece una tonalidad “entre perro y lobo” (la del atardecer cuando se funde en brazos de la noche), similar a las precedentes: el mismo infierno, idénticos condenados.
La guerra continúa en el frente. Los emperadores del mercado negro siguen acumulando ganancias a ritmo de polka y can-can, numerosas prostitutas de qualité se han convertido en honorables señoras burguesas. Los hay que sacarían partido incluso de la erupción del Vesubio. Los protagonistas de la obra son, en este caso, padre e hijo (aun siéndolo, no acaban de serlo, diríamos, a modo de resumen).
El primero de ellos, Muraille Marcheret, exlegionario, rústico y vulgar, escupido por las arenas de África sobre el asfalto parisiense, subsiste trapicheando con objetos valiosos, sustraídos durante redadas en hogares judíos pudientes (¿no lo eran todos?) Amante de la buena mesa, juega a la Bolsa y todas las noches calienta su lecho la pelandusca de turno. Posee, además, un piso de lujo (doce habitaciones, cocina y gran salón-comedor) en el que tienen lugar selectas orgías con las que homenajea a sus amigos (burgueses intachables, sin excepción) cuando deciden echar una canita al aire.
En algún momento de su alocada juventud, optó por deshacerse de un vástago indeseado e incómodo, educado en instituciones públicas, como un expósito cualquiera, llamado Serge Alexander, coprotagonista de la historia, empeñado en obtener de él un reconocimiento de paternidad.
Ambos acusan debilidad por las tentaciones de la noche parisina. Frecuentan Villa Maktoub, pabellón de caza con un toque de Legión Extranjera, lujosamente habilitado por su propietario para noctámbulos y fornicadores. Cuenta, además, con el estímulo de fogosas chicas de alterne –amantes de hombres mayores, ricos y depravados– que revolotean por allí luciendo sus atributos con el propósito de “redondear” sus ingresos. Asimismo, Marcheret y Serge son habituales en las tertulias de “observadores” (cínicos y aprovechados con las espaldas bien cubiertas) que especulan sobre la “convulsa” situación en Europa (a la que, dicho sea de paso, deben su fortuna y prosperidad).
Oficialmente, ninguno de ellos tiene nada que ver con la política (para eso están los gobiernos), pero mantienen su estrecha colaboración con el ocupante nazi, si bien el futuro (y todo lo que pueda deparar) es una idea que no les quita el sueño: la experiencia les ha demostrado que siempre habrá dos épocas –igualmente propicias– de hacer negocios: los tiempos de guerra y los tiempos de paz.
Muraille Marcheret va perdiendo reflejos (lento, fondón, el rostro color ceniciento). A ojos de sus empleadores, se trata, a todas luces, de un valor amortizado (es decir, prescindible). Por lo tanto, se aprestan a relevarlo. No obstante, el viejo legionario, sin aguardar a que su defenestración se haga oficial, decide darles el esquinazo, sin conseguirlo. Es aprehendido cuando se disponía a embarcar clandestinamente a Italia, con una buena suma de dinero encima.
Según las poco fiables crónicas de la época, no se supo nada más de él. Por el contrario, Serge Alexander, el hijo bastardo, tiene una vida por delante: asoman en el horizonte signos de tiempos nuevos, de paz y orden social sin cargos de conciencia. La insensibilidad y el pragmatismo de que hizo gala en los últimos 30 años, continuarán siendo el faro-guía de sus futuras acciones. Marcas de nacimiento, idénticas a las de numerosos canallas que le precedieron en el ejercicio de la delación y el enriquecimiento ilícito, incluido el distinguido M. Muraille Marcheret, autor de sus días, que desapareció sin conferirle finalmente el dudoso privilegio de su paternidad.