Con esta prosa, el autor paceño inicia una colaboración periódica en Bitácora. ¡Bienvenido Aldo!
Brújula Digital|15|02|26|
Aldo Medinaceli
En el barrio los vehículos nuevos se reconocían de inmediato. Casi siempre se trataba de amigos o familiares que iban de visita, se quedaban un par de horas y luego regresaban por donde habían venido. Pero el caso de la camioneta Dodge fue diferente. Llegó un martes a mediodía. Era la hora en que las fábricas hacían chiflar sus bocinas. Se estacionó cerca de la plaza. El propietario estuvo preguntando en dónde podían arreglarle una vieja radio. Le indicaron cómo ir al taller del Tornillo. Al llegar se encontró con un hombre de pelos alborotados y ojos vivaces. Estaba sentado frente a una mesa llena de cables y artefactos.
Dígame, le dijo al ver al conductor de la Dodge en la puerta de su taller.
Le traigo esto, respondió mostrándole la radio. Estaba envuelta en un periódico.
Cuando vio el objeto, el Tornillo soltó las herramientas que estaban en sus manos y se acercó. Era una Sony modelo antiguo y tenía ocho bandas. El Tornillo la tomó entre sus manos. Vio si tenía baterías.
Movió el interruptor de encendido.
La radio encendía pero no lograba captar ninguna frecuencia.
Cuál es el problema, preguntó al ver que encendía.
El problema es que no capta ninguna estación, dijo el hombre cautivado por la fisonomía del Tornillo.
Aquí solo se escuchan radios locales, le dijo después.
De todos modos, la radio no capta ni radios locales ni de otros lugares, le dijo el hombre. Mire, gire el dial de un extremo a otro, verá que solo se escucha un ruido.
El Tornillo volvió a la mesa. Encendió una luz para alumbrar directo al aparato. Le subió todo el volumen y comenzó a mover el dial. El tipo de la Dodge tuvo que esperar parado los cuarenta minutos que duró esta operación.
El Tornillo comenzó del lado izquierdo y giró la perilla con tanta paciencia que demoró más de treinta segundos en cada estación. Sabía que era posible encontrar hasta cuatro estaciones en cada dígito de la FM, por lo que no se apresuraba en saltarse ninguno. Por el noventa y uno creyó encontrar algo. Acercó su oreja izquierda. Para el dueño, el ruido era igual en toda la banda y en cada uno de los números. Pero el Tornillo estuvo escuchando con atención por un largo tiempo. Solo se paró para buscar un pedazo de papel y hacer unas anotaciones que dejaron atónito al tipo de la camioneta.
La radio está bien, le dijo finalmente. Solo pasa una cosa, lo que está captando no son radios. Son los ruidos de los planetas, le dijo con la mayor tranquilidad.
El conductor se le quedó mirando. Para no parecer tonto no le hizo ninguna pregunta. Volvió a envolver el aparato en el periódico amarillo y se despidió con un gesto de la mano.
Cuánto le debo, preguntó por si acaso.
El Tornillo sonrió.
Nada, por supuesto, le dijo. Bonita camioneta, le dijo cuando el hombre ya se iba.
Mientras se alejaba del barrio, el conductor del vehículo no se dio cuenta de que atrás, en la parte de la carrocería, habían pintado una diminuta estrella de seis puntas. Estaba escondida al lado de la marca. Era de color celeste y no tenía demasiados adornos, tal vez por el poco tiempo que tuvo el artista. Sería un poco más grande que la mano de una persona. La única particularidad de aquella estrella era que cada una de sus puntas parecía una antena de transmisión. Cada antenita se parecía a una diminuta Torre Eiffel. Por lo demás se trataba de uno de los diseños menos elaborados de Trevor. Llegué a enterarme porque el conductor contaba la anécdota cada vez que estaba con sus amigos en la ciudad.
Tuvo que ser mientras conversaba con el Tornillo, decía seguro de que el dibujo había sido hecho en aquel momento. Y no cuando daba vueltas por la plaza.