Con este texto –una cuidada lectura poética–, el autor inicia una colaboración mensual. ¡Bienvenido Christian!
Brújula Digital|15|02|26|
Christian Jiménez Kanahuaty
Es muy posible que haya un juego implícito que da paso a un pacto de lectura con el lector en este libro de Vilma Tapia. Un pacto que se sustenta en la poesía, pero también en las palabras que hacen a ella. Y por ello su título no es para nada casual.
Lentitud (Plural Editores, 2021) es al menos dos cosas a un mismo tiempo. La voluntad de conectar con el mundo a través de un lenguaje meditado que es capaz de capturar la emoción desde unas palabras que siempre dejan espacio para el silencio. Y, por otro lado, un poemario que construye nuevos significados al dotar a sus referentes de un estímulo que es visual, pero, más que todo, que se organiza en una serie de imágenes que quedan y quedarán en el lector tras su lectura.
También este libro es la visión lenta sobre lo que acontece a nuestro alrededor. La amistad, la fugacidad del amor, el recorrido por una ciudad desconocida, la evocación de un alma gemela o la constante e incontrovertible búsqueda de una certeza al interior de un libro de poesía de un autor al cual se regresa siempre, como cuando los amantes, tras separarse, regresan al sitio donde alguna vez fueron felices. Pero en el caso de Vilma Tapia, el regreso es para lograr mayor conocimiento, mayor contemplación y mejor consciencia sobre el rol del lenguaje en la vida de un poeta.
Lentitud es un paseo por obsesiones que nos son particularmente cercanas, porque el universo de Tapia si bien es personal, logra ser transpersonal. Nos induce a creer en el más allá del acto creativo y creador, y por ello nos invoca a pensarnos desde la lentitud en un mundo que está destinado a la velocidad. Es sobre la velocidad del tiempo que los poemas van acumulando versos que quedan como señales de un trayecto. Este libro responde a la clasificación de libro de poesía. No son solo poemas reunidos, es un tema que se va mostrando en cada pliegue, en cada página y se construye también a medida que el lector va leyendo los poemas. Se hace con la instancia del tiempo de lectura y del tiempo para vivir.
Quizá por ello hay poemas que se arman con fragmentos de ideas, de hilos de continuidad entre realidad y evocación, entre ficción y memoria; pero luego, encontramos ciertos poemas, divididos con asteriscos que parecen estar construidos con sentencias, invocaciones o aforismos, y es que su carácter es el de la duda y el desconcierto. Por eso el poema más que reflejar una certeza, arrastra una duda y sobre ella da vueltas y tras momentos de felicidad donde el lenguaje arriba a una identificación con algo que puede parecer la sabiduría, se cierra y nos envuelve con él. Habitamos, entonces, el interior de un poema lento, como una flor lenta porque nuestra vida misma es lenta, aunque parezca ir veloz como conejo escapando en día de cacería. Y por ello este libro está compuesto por poemas y versos que atraviesan la razón para anclarse en la emoción de un recorrido.
Tapia conjuga el tiempo en su base lenta y por ello anuncia la luz casi siempre. En ese movimiento –contenido– es que, a la Roland Barthes, busca un placer con el texto. Dispone la página para escribir sobre ella. Y pica la palabra, la pule y la retuerce para alcanzar su último significado, aquel que siendo poético establece el verdadero sentido de la poesía que no es otro sino la búsqueda de un mundo basado en significados y sentidos que rebasen el sentido común. Y si busca el placer del texto, la página es un lienzo, una roca que es martillada para extraer de ella, solo lo que ella puede contener desde tiempo atrás. Así, los poemas, los versos, son resultado del trabajo de Tapia con el lenguaje, pero, sobre todo, demuestran la capacidad de estilo que posee la poeta para congregar en sus palabras un imaginario, una vocación y una trayectoria.
En ese sentido, Lentitud, lentamente anuncia o presagia el instante de un nuevo lenguaje para la poeta que se hace de referencias y resonancias y con ellas enuncia un nuevo mapa. La poeta es consciente del oficio y por ello, puede ir más allá. Lentitud es el instante en que se llega a un sitio, sin pausa, pero sin prisa. Es la ars poética que contiene la cifra de lo que vendrá y el significado del camino recorrido. Y por ello, entonces, síntesis y acumulación. Resultado y proyección, lo cual es interesante, porque lo normal sería ir lento, pausado, pero no; es lentitud, porque no es la simple acción, es la adjetivación lo que importa. Lo cual en sí mismo ya es una declaración de principios.
En el acto creativo y, sobre todo, en la poesía, lo que importa, lo que determina todo, no es solo el tema, ni el conjugar bien los tiempos; aquello que da sentido al hacer son los sustantivos. Por la calidad en los sustantivos es que el mundo cobra sentido y se vuelve espeso.
Finalmente, con Lentitud estamos ante la presencia de un libro más que sólido, vivo. Más que uniforme, resonante. Es como una serie de latidos que se comunican entre ellos y que al unirse nombran una frecuencia. La frecuencia es el tono con el que el mundo es habitado de forma lenta y es dicho con la lentitud de las palabras que se escogen como quien escoge la mejor aguja para zurcir de mejor modo los sentidos del mundo cuando el mundo atraviesa la humanidad de aquellos que lo habitan.