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Bitacora | 15/02/2026   07:05

"Hamnet", la memoria y el llanto

“La posibilidad de vivir vicariamente la vida de otros, incluso en sus aspectos más íntimos”. Así describe el autor uno de los puntos altos de esta película, y de la novela en la que se basa.

Una escena de la película "Hamnet"
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Brújula Digital|15|02|26|

Fernando Molina / Tres tristes críticos

En uno de los cuentos de Borges un personaje recibe como regalo mágico la memoria de Shakespeare. Es un académico y piensa que con ese obsequio podrá adelantar a todos los otros especialistas en este escritor. Que podrá hacer su biografía definitiva. Que podrá escribir, lo que hasta ese momento no se le ha dado muy bien. Pero al final nada de esto ocurre.

La hipótesis del cuento es que la memoria de un escritor no explica casi nada de su obra, no permite siquiera que quien posee los recuerdos del más grande autor del inglés escriba de una manera distinta a la usual para él. La memoria de un escritor, plantea Borges, está compuesta de su lengua materna, de lo que ha leído y recuerda (que no es mucho), de destellos de su vida que en general no se han incorporado a su escritura, porque son nimios, vulgares o inconfesables, y de ciertas estrategias escriturales que no son aplicables a la confección de nuevas obras si simultáneamente no se cuenta con talento, imaginación y demás. Al final, la memoria de Shakespeare (que, insistamos, no es la de sus obras) resulta un fardo demasiado pesado porque es una segunda capa de recuerdos que tiende a solaparse a la que ya tiene el personaje, ya que no difiere mucho de esta.

La tesis de Maggie O’Farrell, autora del guion de Hamnet (y de la novela en la que se inspira la película), es opuesta a la de este cuento borgiano. En Hamnet, el recuerdo de un hecho específico de la vida de Shakespeare, el más terrible, la muerte de su hijo, que se llamaba así, Hamnet, es el que explica su obra más importante: Hamlet. Se trata de un registro de lo que aspiraba a obtener, fallidamente, el académico del cuento.

La idea de O’Farrell, sin embargo, no es del todo novedosa. Nada puede ser muy novedoso respecto Shakespeare, de quien se han escrito camionadas de textos de todo tipo. Borges ya lo sabía, así que hizo que los pocos descubrimientos que realiza su personaje gracias a la posesión de la memoria del dramaturgo de Stratford-on-Avon ya hubieran sido publicados por sabios precedentes.

Lo novedoso de la obra de O’Farrell está en otras dos cosas: en su prosa, que es maravillosa, tan poética como precisa, y en la invención de una Anne Hathaway (la esposa de Shakespeare) muy singular, una suerte de ninfa del bosque con poderes antiguos sobre la naturaleza ya debilitados, pero todavía presentes. La construcción de este personaje es, me parece, lo más memorable de un libro por lo demás sin desperdicio, lleno de hallazgos formales, de fragmentos de vida auténtica, de amor por las mujeres y las plantas y los hijos. Creo que ya dije que O’Farrell es maravillosa.

Por supuesto, en su salto al guion cinematográfico la escritora ha tenido que recargar un poco las tintas; todo es más explícito o, mejor dicho, es menos sutil que en la novela. Inevitable peaje que debe pagar cualquier traducción cinematográfica de la literatura. Por eso no tiene sentido juzgar a una película por la forma en que representa a una novela, hay que evaluarla por sí misma (lo que no es sencillo si uno ha leído dicha novela con demasiado fervor).

¿Decir que hace mucho que no lloraba tanto en una película sirve como criterio crítico? Pasada a través del tamiz de la explicitud cinematográfica, la historia de O’Farrell se transforma en crudamente sentimental, en un melodrama. La interpretación de la directora Chloé Zhao, siempre elegante pero también oportunista (como al final es toda creación), termina sacudiendo las entrañas del espectador. Todos llorábamos en la sala (llena) en la que vi la película, aunque la evocación shakesperiana y la nominación a los Oscar y todo esa parafernalia nos diera la coartada elitista para desahogar con cierta finura un sentimiento al final tan sencillo pero también tan profundo y primitivo como el dolor de los adultos por la mala suerte de los niños, desfogue que también se originaba en la comprensión de que el arte sirve justamente para eso: para llorar por nuestra condición tan vulnerable y frágil y, sobre todo, tan pasajera.

Solo alguien muy tonto o muy vergonzoso puede rechazar lo melodramático en forma absoluta.

Hamnet recrea, representa nuevamente, uno de los más importantes fenómenos del cine (entre otras artes narrativas), que es la posibilidad de vivir vicariamente la vida de otros, incluso en sus aspectos más íntimos y por eso intransferibles. Así es como si nos hubieran dado, como regalo mágico, la memoria de Anne Hathaway, interpretada soberbiamente por Jessie Buckley.



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