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Bitacora | 08/02/2026   07:25

Poemas en la corteza

Recordando y releyendo a Luis Ramiro Beltrán, en su faceta de poeta, a propósito de los 95 años de su nacimiento.

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Brújula Digital|08|02|26|

Alfonso Gumucio Dagron


Al igual que Primo Castillo, Luis Ramiro Beltrán tenía la poesía bien adentro, pero solo comenzó a liberarla después de cumplir medio siglo de vida. Tenía ya 57 años cuando se “atrevió” a publicar Pasos en la corteza (1987), en una edición de autor (como suelen hacer los jóvenes principiantes) para marcar su timidez en ese género.

Sin embargo, no es una edición cualquiera, porque la tapa fue diseñada por Guiomar Mesa, sobre una fotografía de Armando Urioste, y en la contratapa figuran. Comentarios de Alcira Cardona, Raúl Rivadeneira, y Mariano Baptista Gumucio. 

Mentiría si dijera que me acuerdo de la primera lectura que hice del libro, en una fotocopia anillada que me obsequió Luis Ramiro en febrero de 2014. Pero como encontré un ejemplar original del libro, que ni Luis Ramiro ni yo recordábamos que me había obsequiado en el siglo pasado, lo he leído ahora como algo nuevo, en ocasión de su cumpleaños número 95 (sería, si no se le hubiera ocurrido morirse el 15 de julio de 2015). 

Aunque tímido para publicar, su familiaridad con la poesía se remonta a 1982, cuando publicó una obra de referencia: Panorama de la poesía boliviana. Reseña y antología, una obra de 708 páginas que reúne poemas de 76 autores, además de otros (en su mayoría anónimos) que se remontan a la época colonial y pre republicana; en castellano, en quechua y en aymara. Luis Ramiro tuvo la generosidad de incluir cuatro poemas míos, entre los “jóvenes” prometedores. En total, estamos hablando fácilmente de más de 500 poemas en esa obra, que se inicia con un centenar de páginas de estudio introductorio. 

Marcado por su espíritu académico, Luis Ramiro no pudo evitar en las primeras páginas de Pasos en la corteza unas “anotaciones” que revelan su inseguridad al escribir versos. A mi juicio, es demasiado cauteloso y se cuestiona demasiado: 

Me acosan, pues, dudas cuando escribo versos. ¿Cómo hace uno para conjugar forma y esencia, sin que ninguna traicione a la otra? ¿Serán varios de mis versos más claros, realistas y descriptivos que lo deseable? ¿Debieran ser más velados y sugerentes para ser más válidos? ¿Serán otros de ellos demasiado líricos y hasta quizás extemporáneamente románticos? ¿Debe uno perseguir la unidad temática o es lícita la diversidad? ¿No habrá en la relativa facilidad de construcción metafórica el peligro de barroquismo? Y, por inversa, si el poeta se torna extremadamente parco y hermético, ¿a cuantos puede llegar? ¿Escribe el poeta solo para sí y sus pares? ¿Lo hace para una élite o se dirige a todo el mundo? 

La respuesta se la ofrece él mismo en el párrafo que sigue: 

Además, no escribo versos muy deliberadamente. Ellos se me vienen a la mano, por decirlo así, muy de vez en cuando, y casi por su cuenta; raras veces, escojo muy conscientemente el tema o la forma de expresarlo, ellos surgen como si desde lo hondo de mí alguien me los dictara en el momento en que su íntima e invisible fermentación ha terminado. Cuando esto ocurre, yo simplemente tengo que ponerme a escribir, impulsiva, si es que no compulsivamente. Es algo así como ser medium de uno mismo. 

Los versos de Pasos en la corteza son nostálgicos de lo que ya fue, o de lo que pudo ser y no fue. Parecería que el autor ha incurrido en la poesía para decir, de manera velada, lo que no puede o quiere decir abiertamente. Deja que cada lector se haga una idea propia y participe en el juego de la adivinación. Algunos poemas son señales de amenazas, de las que hay que estar a la defensiva, preparado para recibir su propia sombra, el viento o las dudas que acosan. En el largo poema “Carta a María Kodama” no menciona ni una sola vez a Borges, pero todos los versos respiran el conflicto de aquella relación que no pudo ser pública mientras vivía aún la madre de Borges. Luis Ramiro esgrime ese poema, de alguna manera, como un espejo de su propia vida: “Qué importa que el tiempo pueda no existir / si tu pasión existe, / María abnegación. / Que importa que todo sea apenas sueño / –que tu sueñes soñando que te sueñan– / si soñar es vivir como tú, / amar, sin condición ni plazo, / y como él, sin ver, ni recelar”.

Así como la poesía le permite huir, por un instante, de los excesos de la razón, también le permite contar sus vivencias sexuales como un acto de liberación, pero no sin una sombra de culpa: “En la semipenumbra del pecado / nuestra lascivia configura excusas / para la felonía…”; “Con tremor y sigilo / mis delictivos dedos comienzan a encontrar, / a lo largo de la combustible oscuridad, / las claves de la hoguera y / el néctar del deleite…”; “Pero, / erguida ya la sierpe luminosa, / ondula sin cesar, / siembra sus uñas en mi vacilación, / acosa, implora, / demanda –embravecida– proseguir / el jubiloso rapto…” 

Así es “Desde el altar de tu piel”, una descripción sublime y galopante de un encuentro sexual, aparentemente clandestino, descrito en todas sus etapas progresivamente. Quizás se trata de uno de los mejores poemas del libro.

Solo habiendo conocido durante muchos años a Luis Ramiro se pueden entender plenamente los versos de “Condenación”: “Retorné, / clamé, perdón; / pero aún hallé / de su mirar la santa inquisición”.

Toda la segunda parte del libro, titulada “Aquel vibrar”, incluye poemas sobre encuentros eróticos en diversos lugares y referencias distantes a mujeres incógnitas. O quizás la misma mujer. Es una manera de dar testimonio, sin hacerlo de manera pedestre. La poesía esconde, pero al mismo tiempo sugiere y revela. Sexo-enamoramiento-rechazo-despecho… Esa secuencia aparece sugerida en varios poemas que conservan una frescura adolescente: “Carne que jamás aprende, sed inextinta (sic)…”. 

La tercera sección del libro, “Raíces”, reúne unos pocos poemas que hablan de Bolivia, sin mencionarla. Su historia antigua (a la manera del “canto general” de Neruda), sus paisajes andinos y la gente que los habita. Son poemas nostálgicos, escritos desde lejos, con profusión de palabras locales: quirquiña, ulincate, tutumas, ñusta, huayno, imilla, chicha, coca, ekeko, etc. Su “Copla del ritmo mayor de la chicha” permite una lectura con ritmo de cueca, y es un homenaje a ese baile tradicional, descrito como un acto amoroso: “requiebros, encuentros, fugas, / cruzan los cuerpos, sus ansias; / retroceden los rubores, se adelanta la pasión”. Este es otro de los mejores poemas.

Aunque una buena parte del libro es poesía amatoria, sus versos no son completamente ajenos a la problemática social. En “Oración contra el apocalipsis” se rebela contra la bomba atómica: “Con subterráneo celo, se preocupan / de mejorar la maquinaria infernal / que les permita abolir la leche / de las madres para siempre y hacer / que nunca jamás rebrote el semen”. Son versos que expresan, con acertadas imágenes, la extinción de los seres humanos. 

“Apaga las preguntas, / sígueme, / es día de burlar el orden empastado, / queda destituida la vergüenza. / Clausura la razón, / guarda el escrúpulo, / arroja la normalidad a los desechos”, escribe en su poema “Invitación al desvarío”; el deseo de salir de los moldes formales de la rutina cotidiana y la mente racional.

Qué mejor que releer Pasos en la corteza para recordar al amigo que este 11 de febrero cumpliría 95 años.



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