Con este texto, la autora se suma al staff de colaboradores permanentes de Bitácora. La columna “Retaguardia activa” aparecerá cada segundo domingo de mes. ¡Bienvenida Vicky!
Brújula Digital|08|02|26|
Virginia Ayllón / [Retaguardia activa]
En el intento de acercarme a la narrativa policial en Bolivia, se me aparecen dos escenas marginales. Y aquí marginales no quiere decir extremas, radicales o cosa parecida, sino y nada más que secundarias o, más bien, secundarizadas. Por una parte, el profesor Antonio Gabriño y por otra el exjefe de investigaciones y pesquisas policiales, Saúl Katarí.
No hay que bucear mucho para probar su marginalidad ya que ni Yolanda Bedregal ni Arturo Borda son puestos en las sendas listas de autores del policial en Bolivia, las que suelen iniciarse con Juan de Recacochea, seguir con Ramón Rocha Monroy, Wilmer Urrelo, Adolfo Cárdenas, Sebastián Antezana y concluir en Gonzalo Lema o Juan Pablo Piñeiro.
Hay listas que olvidan a Edmundo Paz Soldán y si no fuera por Alison Spedding, ninguna mujer entraría (las razones, ya se saben; pero que las hay, las hay). Tendrá que ser, otra vez, el “Cachín” quien en 1999 nos llamara la atención para pensar al profesor Gabriño como una especie de proto-investigador y tendrían que ser los valientes estudiosos (o mejor estudiosas, como Claudia Pardo) de El Loco, quienes nos alerten sobre cómo la literatura más vanguardista de Bolivia, es (también) policial.
Hace poco releí la Trilogía de Nueva York (1987) de Paul Auster, casi en paralelo a una también relectura del primer tomo de El Loco y no pude menos que asombrarme por las similitudes constructivas de ambas obras, ¡escritas con 80 años de diferencia! Evidentemente, se dice que Borda inició en 1901 la escritura de lo que después sería El Loco, publicada en 1966, y Auster escribe su trilogía desde 1985 hasta 1987, año en que se publicó.
Diría que una primera capa de similitud está en la inmersión del detective, desde el afuera hacia bien adentro de la obra. Este no es un recurso ajeno al policial y creo que tiene su origen en la capacidad ontológica del narrador que otorga muchas posibilidades para el relato policial. Cómo no si la pregunta central del policial es: ¿quién sabe?, o más ontológica aun: ¿quién puede saber? Esta pregunta plantea el debate de si es el autor, el narrador o algún personaje el poseedor de la verdad en el relato. Esta interrogante que divide a la vez, a las escuelas de la crítica literaria contemporáneas, es un caldo de cultivo para el relato policial.
Pero, más allá de los sesudos y a veces exquisitos análisis crítico literarios, podemos decir que, desde Seis personajes en busca de autor (1921), de Luigi Pirandello, el debate narrativo se ha “metido” en las obras mismas. Y más que Pirandello me gustaría traer a Museo de la novela de la eterna (publicada en 1967, pero escrita entre 1904 y 1925) del argentino Macedonio Fernández, en la que los personajes tienen conciencia de ser tales y reflexionan sobre su identidad y existencia como seres ficcionales, así como la pertinencia de si entrar o no a la trama. Ese maravilloso juego está también, por ejemplo, en Cantango por dentro (1986) o Matías el apóstol suplente (1971), del boliviano Julio de la Vega, a la sazón, el autor que, a mi modo de ver, ha extremado en Bolivia el debate narrativo al interior de estas dos novelas.
En Ciudad de cristal, primera novela de la trilogía de Auster, Daniel Quinn, autor de novelas policiales deviene por error en investigador privado e interactúa con un escritor de novelas policiales que se llama Paul Auster. En El Loco, el exjefe de investigaciones y pesquisas policiales, Saúl Katarí, ha sido destinado a investigar la autoría de El loco, atribuida “temporalmente” a Arturo Borda, reclamada por el Inca Yahuar Kjuno, también por Adam O'Landhiöm, y con noticia de ediciones anteriores anónimas. Más aún, con un legajo de manuscritos, titulado El Loco, de propiedad de Luz de Luna, amada de “El Loco”, quien en sendas cartas (o sea corporizada) informa al detective Katarí de los amores entre ella y él.
Diría, a continuación, que a la primera capa de semejanza entre estas obras le sucede una segunda, que también está en la de Macedonio Fernández: la desestabilización identitaria del detective porque confundido con el autor o un personaje, no sabe quién es. Esta es una interpelación a la fijación identitaria y tanto en Ciudad de cristal como en El Loco, la resolución (si acaso) narrativa lleva a la desaparición o más bien disolución del detective; Quinn se disuelve en la ciudad y Katarí se disuelve en la ambigüedad ontológica y, por lo tanto, en el silencio.
Finalmente, creo que una capa más profunda de similitud entre estas obras es que la ambigüedad, angustia y disolución de estos investigadores vive y se resuelve en el lenguaje; esto es, se trata de una angustia y una disolución literarias. Recordemos que la mayoría de los investigadores policiales –sean los del policial clásico o del policial negro– son lectores, las más de las veces de libros, pero siempre de “la realidad”.
Todo buen detective “lee” las pistas, los rastros, las señales. Pero no solo las lee, también las interpreta y en eso se le va la vida (y el caso). A la vez, buena parte de los detectives se enfrentan a documentos, como Mario Conde o el mismo Gabriño. Es decir, el texto acompaña las peripecias de los pesquisidores y cualquiera de ellos o ellas ha de redactar un informe; esto es, al resolver el caso el detective escribe. Así, en su nivel más profundo lo que Quinn y Katarí develan es que la trama policial es, en realidad, la trama de la lectura y escritura literarias (tal como también lo percibe Jorge Saravia en un provocador texto ficcional sobre Katarí resolviendo el caso a través de la lectura).
Asimismo, que la ambigüedad identitaria del detective es también la del escritor que no sabe si es autor, personaje, narrador, o ninguno, o los tres al mismo tiempo. Esta angustia produce en el autor mismo el anhelo de la disolución, o mejor, del silencio, como la mejor cifra del lenguaje. Tal como dice el exjefe de investigaciones y pesquisas policiales, Saúl Katarí: “¿Qué locura es esta que nos traquetea entre la insania y la razón? No; esto debe enseñarme a guardar siempre un largo silencio de análisis ante todo y por todo”.