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Bitacora | 01/02/2026   07:11

Incómodo silencio con sonrisa…

Con este texto, el autor inicia una columna mensual, en torno a la movida dramatúrgica y teatral, que Bitácora publicará cada primer domingo de mes. ¡Bienvenido Omar!

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Brújula Digital|01|02|26|

Omar Rocha Velasco

La frase corresponde a una acotación técnica que aparece en el texto de la obra Di cosas cosas bien… (¡Oh my country is très jolie!), escrita por Eduardo Calla. Tuve la oportunidad de asistir a su puesta en escena ‒a cargo del grupo Escena 163, bajo la dirección del mismo Calla‒ el año 2007. 

A pesar del tiempo transcurrido, aquella experiencia permanece imborrable. Fue un momento de inflexión en mi vida, algo que marcó un antes y un después. No tenía mucho recorrido teatral, presencié los estrenos en La Paz de las obras del Teatro de los Andes, tremendos acontecimientos en salas llenas, pobladas por un público profundamente conmovido. Asistí a la puesta exquisita de La fierecilla domada de Shakespeare, hecha por un grupo uruguayo en el Teatro Municipal. Vi con la boca abierta, en un escenario rectangular, una versión contemporánea de la Antígona de Sófocles y, claro, también alcanzo a reconstruir escenas de funciones de teatro popular: mesas, sillones, cuadros, fiestas ‒animadas por morenadas, cerveza y serpentina‒, almacenes y desfile de personajes que hacían reír, se golpeaban, renegaban, hacían renegar, sufrían, se reconciliaban y se castigaban o redimían. 

Di cosas bien… fue diferente, hablaba de fragilidades íntimas, alternaba gestos quebrados y risas exageradas, un cuerpo apocado contrastaba con la presencia de una llamativa e imponente peluca rubia. Una bañera era parte del escenario, colores llamativos resaltaban por todas partes. Una mujer leía noticias sentada aparatosamente agarrando un marco de cartón (la TV) que tenía colgada de una esquina la bandera boliviana. Los personajes se transformaban constantemente, nada quedaba fijo, ningún sentido era claro, los diálogos eran inconexos, los celulares sonaban sin respuesta… Agua fresca, un mundo nuevo se me presentaba, algo que me permitía identificación, cuestionamiento, reflexión, risa. Para decirlo con cierta cursilería: asistir a ese hecho escénico hizo que se movilizaran en mí fibras que no se habían pulsado antes. Esa fue la experiencia que me permitió entender que el teatro te hace partícipe de algo, no del todo simbolizable, no del todo perteneciente al mundo del lenguaje, que es muy fuerte y vivo, perteneciente al orden de lo mágico y maravilloso. Sentí la fuerza de unas presencias corporales que configuraban un mundo propio, muy local y universal, muy boliviano sin la necesidad de incursiones antropológicas o folklóricas. En fin, sentí la potencia de un arte al que me había aproximado solo parcialmente hasta entonces.

Suelo preguntar a conocidos, amigos y estudiantes por sus experiencias con el teatro. Las respuestas son parecidas desde hace varios años: muy pocos, poquísimos, tuvieron la oportunidad de asistir a una sala de teatro; en general, su kilometraje se remite, en el mejor de los casos, al elenco alentado por la esforzada profesora de literatura y comunicación, en vísperas del festival intercolegial o algún aniversario cívico. 

En efecto, el teatro no goza de preferencia masiva, al contrario, muchos piensan que es un arte viejo, sustituido hace tiempo por la TV, el cine y el streaming en general. A pesar de esto la “movida teatral” no se detiene, insiste y, más todavía, persevera. Si prestamos algo de atención, es posible acceder a una nutrida programación semanal, surgen nuevos trazos cartográficos que hacen contrapunto a los recorridos culturales tradicionales. Así, es posible encontrar pequeñas salas alternativas, grupos, colectivos, talleres, reuniones, publicaciones, escuela de espectadores y muchas más señales de un hacer [praxis] que se ocupa de reflexionar y reunir cuerpos en torno a una creación escénica. 

Como añadidura, es posible imaginar la aparición de ciertos textos que hablen de esas señales, a manera de testimonio de alguien que se dispone a dar cuenta de sus experiencias. Inicio, pues, esta columna sobre teatro [y aledaños], me presto, para nombrarla, la enigmática acotación señalada al principio: rompo/habito un incómodo silencio, agrego sonrisa, es decir, escribo.



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