Texto del libro Cuadernos de La Paz (Editorial 3600, 2025) de Moira Bailey.
Brújula Digital|01|02|26|
Moira Bailey
Fuiste cómplice silencioso, constante presencia
mientras yo ensayaba el diminutivo de tu nombre y te trataba con ese afecto callado
de quien no necesita respuesta.
Charlas cortas y sobreentendidas dibujaron lentamente la correspondencia.
¿Sentiste miedo a la muerte, Félix Laruta, tú que supiste ver siempre sin lágrimas en los ojos los fantasmas de la carencia, las durezas en la infancia y también en la vejez?
¿Sentiste frío, Félix Laruta, tú que no le hiciste nunca el quite a lo que el mundo te mostraba en su empecinado egoísmo y su intrincada dificultad?
Te veo todos los días, Félix Laruta, con caminar decidido, la espalda erguida.
De la Ceja a la dieciséis, de la dieciséis a la Ceja, con la claridad del primer sol, el penetrante frío de la madrugada.
De la casa al departamento, del departamento a la casa, las monedas en la mano, los músculos protuberantes y una bolsa colgando de tu hombro.
Tu voz me acompaña todavía, tus frases siempre seguras.
Aparapita en la luz, los nudos perfectos…y esa pita muy muy delgada que nunca llegó a romperse.
Uniste lugares y tiempos cultivando la tierra, de la ciudad al campo, del campo a la ciudad, siempre orientado, siempre sincero, Félix Laruta. Sobre tu espalda la soledad de las montañas.
Sabías entrar al mundo por el lado rudo y abismal, pero también por el pequeño y delicado, te entendías también con las pepitas de un collar que había amanecido roto, los tornillos diminutos de un reloj.
Tuvo que venir un virus desde muy lejos hasta el lugar del que nunca habías
salido para arrancarte de los tuyos entre fiebres intensas y falsas promesas de mejoría. Ya voy a estar mejor, ya estápasando, me dijiste. Yo te creí porque hasta esa tarde, solo me habías dicho la verdad.
Hombre cabal de una sola mirada, de un solo corazón, Félix Laruta.
Una noche te enojaste conmigo, Félix Laruta, pero
no dijiste nada.
Devoto de Dios desde pequeño, tu huella es la de quien pasa mirando de reojo,
pues todo parecías ya conocerlo.
Tu palabra, la de quien se ocupa solo de lo suyo, de quien al alba está levantado
para cruzar largos trechos, a veces a pie, otras tantas en colectivo.
Fuiste de los que conocen el mundo por entero sin haberlo recorrido
de los que comprenden la tierra, hasta en sus caminos más enconados.
Me han mandado reposo, después voy a estar bajando.
Te veo todos los días, Félix Laruta, hombre cabal de una sola mirada,
de un solo corazón, siempre conmigo, Félix Laruta.