Un menú abierto para escoger y disfrutar con tres películas, en cines locales y streaming.
Brújula Digital|25|01|26|
Fernando Molina
Les ofrezco tres “microreseñas”. La exhibición de varias buenas películas en el cine y en los servicios de streaming se alineó con mis posibilidades de verlas, así que en esta columna voy comentar: Solo fue un accidente, del iraní Jafar Panahi; Marty Supremo, de Josh Safdie; y El beso de la mujer araña, de Bill Condon.
Solo fue un accidente
Una película muy necesaria de ver ahora que la teocracia iraní está matando a miles y arrestando a decenas de miles de personas para sostenerse en el poder. Solo fue un accidente es una denuncia de los métodos represivos del régimen y una reivindicación de la oposición de los trabajadores y los ciudadanos laicos a esta. Al mismo tiempo que cumple este objetivo plantea una cuestión ética universal: ¿tenemos derecho a matar a los malos? No el Estado, sino nosotros mismos, en caso de tener la oportunidad.
El filme comienza dentro de un automóvil que va por una carretera. Pese a que en él viaja una familia feliz, los enfoques de cámara y la música nos introducen a la tensión que vamos a vivir los siguientes cien minutos. El auto tiene un panne, así que el chofer pide la ayuda de un hombre que trabaja cerca. Entra a una tienda y es reconocido por el protagonista, que sospecha que se trata de Pata de Palo, un cruel torturador del servicio secreto. Entonces, por un impulso incontrolable, al día siguiente lo secuestra. Solo que como no está seguro de que se trate realmente de Pata de Palo (el hombre lo niega), debe recurrir a un variopinto grupo de personas, una fotógrafa, el exaltado exnovio de esta y una pareja que se va a casar, para identificar con certidumbre a quién tiene maniatado en su minibús.
Hasta aquí, una comedia negra. En este punto parece que la idea original del guion se ha agotado, nos aburrimos un poco viendo pelear a estos personajes sobre si matar o no al tipo. Pero un director como Panahi no hace una película armado de una sola idea. La trama se complejiza y cambia de registro paulatinamente, entrando con paso firme en el drama. El último cuarto de la película es simplemente magistral. Cada espectador tendrá su propia respuesta a la pregunta que ya hemos planteado en contrapunto con la que propone el filme.
El cine boliviano podría aprender mucho del cine iraní. Esta película no cuenta con más recursos materiales que las nuestras. La diferencia está en la profundidad y calidad del guion, la intensidad de la actuación y un director que sabe muy bien lo que quiere decir y lo demuestra en cada toma. Ninguna está dejada a la inercia, para mostrar lo que está sucediendo. Siempre comunica algo.
No es la mejor película iraní que he visto, pero tiene la impronta de la grandeza cinematográfica de ese país, hoy tan torturado y sufriente.
Marty Supremo
Un crítico estadounidense se preguntaba con razón si era posible reconocer la sobresaliente actuación de Timothée Chalamet en Marty Supremo y al mismo tiempo sentir disgusto por la película en sí misma. Me ubico en la misma posición. Sin duda Chalamet se merece un aplauso, aunque me gustaría que el Oscar a mejor actor se los llevase Leonardo Di Caprio por lo que hizo en Una batalla tras otra, ya que el papel de Chalamet está como diseñado para sobresalir, mientras que Di Caprio destaca en un rol menos singular. En fin, otro debate.
Chalamet hace de un judío pícaro (Marty Mauser) que se las rebusca en Nueva York para alcanzar el éxito, pero no la respetabilidad; es más, aborrece la respetabilidad. Se trata, por tanto, de un típico personaje de los hermanos Safdie, conocidos por una filmografía relativa a estos perdedores radicales que con cada decisión que toman se hunden más en la derrota y la marginalidad.
Marty tiene una gran habilidad para el ping pong, un deporte emergente en los años 50, y espera ganar algo así como el campeonato mundial. Pero todo parece complotar contra él, aunque en realidad quien complota es siempre él mismo.
Sus desventuras son exageradas, como a menudo en la picaresca, ya desde El lazarillo de Tormes. Mucha mala suerte y muchas malas decisiones solo para que el filme funcione como una montaña rusa de escapes, caídas, salvadas, enjuagues, lastimeros pedidos, gritos y más gritos, un filme en el que, claro, el protagonista puede lucirse.
Es muy evidente la busca del mayor de los Safdie (que escribió el guion con Ronald Bronstein) de estresarnos y no darnos tregua. Basta escuchar la banda sonora, que pone canciones a todo volumen sobre los gritos de los reiterados escándalos que presenta la cinta.
Alguna gente debe disfrutar o aprender de esto (como nos pide el trailer, que sin duda fue realizado por la casa cinematográfica y no por el director), pero a mí me abrumó. Recuerdo los 150 minutos que dura la película (nada menos) con desagrado.
No se dejen engañar, para bien o para mal, no es una típica historia deportiva sobre un chico que surge de la nada y se impone en las canchas en base a su valor y esfuerzo. Marty Supremo es cine de autor (que nos puede interesar o no).
El beso de la mujer araña
Bueno, yo amo los musicales. Amo también a Manuel Puig, el autor de la novela en la que se inspiró el musical, el cual, a la vez, sirvió de base de esta película. Y amo la novela homónima. Quizá no podría esperarse otra cosa, dado que esta tiene como héroe principal a un Luis Molina, es decir, a alguien con mi nombre.
En la película, Molina es interpretado por un guapo y talentoso actor estadounidense de origen mexicano (¿lo estará buscando ICE?) llamado Tonatiuh Elizarraraz. Ojo con él, que tiene mucha madera. El otro protagónico (Valentín Arregui) lo desempeña Diego Luna, siempre carismático, aunque no sepa cantar y bailar muy bien. El peso de la voz y el baile recaen en la archifamosa Jeniffer López, que además es la productora ejecutiva.
Hace unas décadas atrás no hubiera necesitado contar de qué iba la película, tan famosa era entonces la novela de Puig. Espero que, gracias a aquella, muchos jóvenes tendrán la oportunidad de descubrir a este escritor, uno de los mayores de la literatura argentina y latinoamericana.
Molina y Arregui están en prisión, en la misma celda. El primero cumple pena por su homosexualidad (lo descubrieron teniendo sexo en vía pública con otro joven) y el segundo por cargos políticos. Es un revolucionario y pertenece a uno de los grupos armados que emergieron en Argentina a principios de los 70 (la novela se publicó por primera vez en 1976, año en que comenzó la dictadura argentina con el objetivo de aplastar militarmente a estos grupos. En ese momento ya había detenidos y represión).
¿Por qué están juntos en la misma celda si son de tan diferentes clases de reos? Este es un punto que se irá develando. Lo importante para nosotros es otra cosa. Para pasar el tiempo, Molina, que se considera “loca” por el cine, le cuenta las tramas de filmes antiguos a Arregui, que es un militante más bien “cuadrado”, es decir, enemigo de la frivolidad.
En la novela, los relatos cinematográficos son múltiples y ninguno incluye a una mujer araña (el título viene de otra cosa). En la película, Molina cuenta una sola película, que, claro está, es un musical. Un musical, además, sobre una hermosa mujer araña, interpretada por Jeniffer López.
La película es mucho más pedagógica y estereotipada, y también menos coherente que la novela, pero en cambio tiene música, coreografías de bailarines hermosos y vestidos glamurosos. ¿Qué más se puede pedir?
La condición para disfrutarla es no compararla con el filme de 1985 de Héctor Babenco con William Hurt, Raúl Juliá y Sonia Braga. Seamos justos: pertenece a otro género.