Apasionado lector, el autor de este texto se regodea repasando la vida y obra de otro apasionado lector, Fernando Savater, a partir de su autobiografía Mira por dónde.
Brújula Digital|25|01|26|
Alfonso Gumucio Dagron
Fernando Savater publicó hace más de dos décadas Mira por dónde (Taurus, 2003), con el subtítulo “Autobiografía razonada”, como si pudiera no serlo viniendo de quien viene, un autor cuya principal virtud es el razonamiento, aunque ello no signifique infalibilidad de “pope”.
Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con las posiciones públicas de Savater (o de Vargas Llosa), pero no podemos menos que admirar la calidad de su escritura. Si así escribe, qué buen lector debe ser, me digo, en realidad haciéndome eco de sus propias palabras, cuando dice que a él le hubiera gustado que le pagaran por página leída.
El libro de 392 paginas (y al final 22 más con 56 fotos e ilustraciones), se abre con dos epígrafes estupendos, uno de Fernando de Rojas, el autor de La celestina y otro de Borges que no necesita presentación. Casi todos los 40 capítulos de la obra van igualmente precedidos por citas de autores, no necesariamente las más pertinentes, pero al menos sirven para dejar claramente establecida la calidad de lector-devorador de Savater desde su infancia.
Está por demás afirmar que la prosa del autor es gustosa desde el mismo prólogo, donde se dirige a sus “admiradores desinformados”, lo cual él considera un pleonasmo, puesto que un lector informado no sería solamente un admirador, sino un lector crítico y pensante. El humor inunda la obra y citar cada una de sus afirmaciones sarcásticas, equivaldría a transcribir una parte del libro. Sin embargo, cómo no mencionar alguna de ellas, donde parece resumir la filosofía de su vida cuando dice que nunca quiso trabajar, y que quienes crean lo contrario, se equivocan, porque todo lo que hizo fue administrar su tiempo hábilmente “en nombre del difícil arte de evitar el trabajo y no por la pasión de ejercerlo”.
Cuando revisa sus primeros años, recuerda por encima de todas las cosas el placer de la lectura y reconoce que, si uno pudiera ganarse la vida solamente leyendo libros, sería la situación ideal, pero que por “razones crematísticas” se dedicó a la escritura pragmática, porque eso sí le proporcionaba el dinero que necesitaba para sobrevivir. Incluso la enseñanza que vino después en su vida, fue una suerte de castigo que aceptó resignadamente: “en el mundo académico, del que también me he lucrado, aunque siempre escaqueándome ante sus tediosos requisitos, solo he sido un infiltrado”.
No es tan cierto lo que dice cuando intenta devaluar su condición de escritor, que le ha proporcionado más satisfacciones de las que está dispuesto a reconocer. “Por eso solo escribo para niños o para ignorantes, para cómplices, modestos y devotos, con quienes conecto, porque comprendo su perplejidad, su confusión; y las comparto”, dice, pero no sin antes reconocer que “el más trivial de los halagos, hace que concibamos una especie de impaciente simpatía, incluso por quienes conocemos sin controversia como acendrados cretinos”. La literatura es una mentira, reconoce, cuando escribe “miento mal a los demás, pero probablemente mejoro cuando lo hago para mí mismo”.
La lectura figura en lo más alto de su estima y detesta que se considere como una “afición” cuando en realidad “es una pasión aún más, una forma de vida”, y líneas más adelante: “un verdadero lector es un lisiado feliz”.
Es inevitable sentirse identificado a lo largo del libro (por una mera cuestión de edad o de época, y no de inteligencia o de erudición), con tantos apuntes que son comunes a nuestra generación de lectores. Su madre era lectora, como la mía, le compraba los libros de Agatha Christie, que iban saliendo en la Editorial Molino, esa colección magnífica que —a la misma edad que Savater— yo devoraba con placer, al extremo de leer de una sola sentada una novela con Hercule Poirot o Mrs. Marple. Salgari o Julio Verne nos enamoraron de la lectura: “si te hubiera oído citar a Dante o a Proust, seguramente me hubiera dedicado al fútbol”, le escribe a su madre, que vive sus horas finales en una residencia de ancianos. Por cada diente de leche que se le caía de niño su madre colocaba debajo de su almohada, un nuevo libro.
Sufrió discriminación en la escuela, lo que ahora conocemos con la palabra en inglés bullying. Sus acosadores lo llamaban “gorila” y Savater no es complaciente consigo mismo, puesto que atribuye ese apodo no solo a sus grandes orejas, sino a “todo un conjunto inocultable de rarezas combinadas: los extraños movimientos hacia atrás y en círculos que hago involuntariamente con la cabeza (probablemente reliquia de la difícil extracción con fórceps del vientre de mi madre, una coacción traumática que me dejó marcas rojizas en las sienes durante mis primeros meses), mi forma de andar levemente espástica y nerviosa, mi ojo bizco…”.
Todo ello lo hizo refugiarse aún más en la literatura. Su mundo de adolescente estaba poblado de personajes ficticios o reales, exploradores y aventureros del momento, como Sir Edmund Hillary y el sherpa Tensing, con quien escaló el Everest, o Thor Heyerdahl y su aventura sobre la balsa Kon-Tiki construida en Perú. Pero su afán aventurero no desbordaba las páginas de los libros: “mi ideal era vivir como un gran cazador y no cazar nunca nada. En mis fantasías, yo acechaba durante horas junto al abrevadero o me acercaba a las grandes bestias a favor del viento, les apuntaba con mi rifle a la paletilla, un poco por encima del brazuelo de la pata delantera, disparaba… pero no las mataba”.
“Si hay algo en este mundo que me ha gustado más que leer, debe de ser comprar libros”, escribe en una confesión que podría hacerla también Umberto Eco, de quien Savater quisiera ser el epígono. Así se puede entender la frase: “allí, en la librería Paternina, celebré mis primeras orgías y me revolqué en los delicados delirios de las vísperas del placer… Y aquellas dos recatadas señoritas (—que atendían la librería—) oficiaron como matronas del único local de lenocinio que rememoro sin empacho, ni hastío…”.
En pleno franquismo, cuando su propio idioma, el vasco, era prohibido en lugares públicos, su madre lo estimuló a que aprendiera francés: “si no he sido imbécil del todo como cualquier otro hijo del franquismo, ello se debe sin duda a la lengua francesa”. Ello le abrió las puertas a un mundo literario insospechado, ya sea por estar prohibido en España o porque sencillamente no había traducciones. Naturalmente, empezó con un clásico: Tintín.
Aunque ha ejercido como profesor de filosofía, Savater no se considera un filósofo, y, sin embargo, sus disquisiciones sobre muchos temas podrían tener profundidad filosófica. Es el caso de su capítulo titulado “Adiós a Dios” en el que se declara abiertamente ateo, como debe ser cualquiera que haya leído tanto como él. Solo una persona con muy pocas lecturas podría creer en un ser sobrenatural que ha creado el universo, contra toda la evidencia científica que ahora existe. Las páginas que le dedica a su escepticismo sobre las religiones son estupendas, aunque sin la mordacidad de Fernando Vallejo. Dice, por ejemplo: “por favor, uno puede creer en Dios, en el diablo, en la santísima virgen, en la gorgona, en la resurrección de los muertos, pero ¿puede alguien creer en los curas o a los curas? ¿Se puede creer en pastores, obispos, rabinos, muecines o archimandritas? ¿Acaso no se les nota lo que son?”. A Savater, el infierno no le produce “ni frío ni calor”, lo cual hará rabiar a muchos, por supuesto.
Cuando habla de su incursión en la filosofía, como lector y como maestro, lo hace con extrema humildad, lo cual un lector tan ajeno a la filosofía como yo, agradece con una sonrisa cómplice: “al fin de cuentas, acabé siendo un simple profesor de filosofía; no un creador, ni un verdadero filósofo, como Spinoza o Nietzsche. En realidad, he sido algo menos que un profesor, porque nunca he formado parte más que accidental de la academia que me ha dado tanto tiempo de comer”.
Es con un humor burlón que se acerca a la filosofía cuando compara a dos filósofos, Schopenhauer y Leibniz, para dilucidar cuál es el más pesimista. Concluye que Schopenhauer es “una especie de optimista contrariado”, porque piensa que este es el peor mundo posible, o sea, perfectible, y en cambio Leibniz, “se atrevió a sostener que este es el mejor de los mundos posibles, lo que ya ni siquiera nos deja imaginar escapatoria alguna”. Como no se toma a nadie en serio, ni siquiera a sí mismo, Savater afirma que “todos nacemos filósofos, pero poco a poco las circunstancias y los maestros nos van convirtiendo en gente de provecho…”.
A ratos, Savater se recuerda como “ácrata” (algo que le gustaría seguir siendo, pero ya no es): “los demás solían referirse a nosotros como ‘los ácratas’ y nosotros procurábamos no llamarnos ni en nuestros pensamientos de ningún modo, porque todo nombre es comienzo de institución y no hay instituciones subversivas, todas trabajan a favor del orden”.
A sus 23 años, ya quería publicar su primer libro “como tributo a lo que más placer me causaba desde la infancia”, la lectura, pero no lo había escrito todavía, mientras otros jóvenes escritores tenían libros escritos, pero ningún apuro —o editor— para publicar. A diferencia, también, de ellos, Savater tuvo temprana fortuna gracias a sus conexiones y amistades: primero se entrevistó con Jesús Aguirre, de Taurus (editorial que quedaba cerca de su casa y que ha publicado muchos de sus libros), y una vez que el director de la editorial, un cura con fama de progresista, le dijo que estaba interesado, escribió en 15 días el libro Nihilismo y acción. “Probablemente el único libro que de verdad he deseado escribir”, afirma.
El orden cronológico se dispersa a veces cuando Savater quiere cubrir un tema transversal de su vida, por ejemplo, su afición a las bebidas espirituosas, a las que se refiere con respeto, evitando la etiqueta vulgar: “Nunca he bebido ‘alcohol’, siempre he preferido el vino, el whisky, la cerveza, la ginebra, el tequila, etc. Sería ingrato, no reconocer que he pasado buena parte de mi vida, y no la peor, bastante borracho”.
Uno de los periodos más interesantes de su vida intelectual (no tiene otra en realidad), ocurrió hacia el final del franquismo, cuando comenzó a escribir en Triunfo (que yo también leía a principios de la década de 1970 en Madrid), donde se expresaban estupendos cronistas como Manuel Vázquez Montalbán, Paco Umbral, Manuel Vicent, Eduardo Haro Tecglen, Luis Carandell y mi amigo Ramón Chao (que cumpliría 90 años el 21 de julio de este año). Revistas como Triunfo, Cuadernos para el diálogo y Hermano lobo, eran alimento para el espíritu sediento de libertad en esos tiempos finales de la dictadura de Franco. Esperábamos ansiosamente su aparición en los quioscos, antes de que la dictadura hiciera desaparecer tirajes enteros.
Esta no es una autobiografía rigurosa. Hay capítulos que parecen artículos de prensa que hubiera añadido para completar el libro. Es también impreciso cuando se trata de fechas, salta de una época a otra de su vida, con poco rigor, como si quisiera evitar con referencias brumosas que se vuelque en su contra aquello que afirma. Aunque se declara rebelde en todo momento, se muestra muy púdico para hablar de su vida amorosa y sexual, quizás porque no quedaría bien parado y se vería obligado a mencionar sus experiencias homosexuales.
Fernando Savater concluye su el libro con algo de autocrítica a través de reflexiones sobre el hecho de escribir memorias que solo pueden ser buenas si tienen valor literario. Reconoce que su vida “carece de hazañas insólitas”, y que sus memorias son “demasiado prolijas” o “atropelladamente elípticas”. Dice que su autobiografía es “corrientita”, y “carente de esos episodios trascendentales que remedian en ocasiones con su maravilla incluso las deficiencias narrativas”.
He tardado bastante en leer la autobiografía de Savater, quizás por mi manera de abordar los libros. Soy un lector lento y demasiado escrupuloso. Cuando encuentro referencias a algo que no conozco bien (una palabra, un lugar, una canción) hago un alto en el camino y busco… Esto era más difícil antes, en la era analógica, cuando tenía que acudir a diccionarios o hemerotecas, pero se ha ido facilitando con los medios digitales, que me permiten encontrar el significado de las palabras, de los nombres citados o incluso alguna canción. En lugar de pasar las páginas con rapidez para dejarlas atrás, me detengo en cada una de ellas regodeándome. Lo terrible, sin embargo, es que ese ejercicio de amor y seducción no tiene recompensa: con demasiada frecuencia olvido en pocos meses lo que he leído con tanto cariño y entusiasmo.