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Bitacora | 18/01/2026   07:03

Una batalla tras otra

Una película que marcará época, opina el autor sobre el filme de Paul Thomas Anderson.

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Brújula Digital|18|01|26|Tres Tristes Críticos

Rodrigo Ayala Bluske

                                                                                              

Si a lo largo del metraje de Una batalla tras otra alguien tenía alguna duda acerca de las intenciones políticas de su guionista/productor/director Paul Thomas Anderson, estas quedan develadas en la escena final, cuando Willa (Chase Infinity), la hija adolescente de Pat “Ghetto” Calhoum (Leonardo Dicaprio), recibe una señal de su grupo de resistencia y se marcha a Oakland a participar de una protesta. Ghetto, el viejo revolucionario/terrorista, apagado por el cansancio y la marihuana, le dice, “cuídate”, y ella responde sonriente “no lo hare”. 

Es un final explicito, inusual en las películas de Anderson (generalmente mucho más ambiguas), pero que demuestra la intencionalidad del director al haber encarado una película tan atípica para esta época. Willa probablemente no va a repetir las acciones de sus padres (poner bombas, matar gente, asaltar bancos, etc.), pero sí va a seguir participando en la lucha por el “cambio”, en la resistencia. En ese sentido su actitud enlaza con las palabras de Guetto, que dan título a la cinta, cuando al inicio de la trama en plena euforia revolucionaria dice: “a partir de ahora vendrá una batalla tras otra”.

Pero a pesar de una intencionalidad tan clara, no estamos hablando de una película de lectura simple y eso se refleja en la forma caricaturizada en que están descritos sus tres principales personajes, y en la manera retorcida en que se construyen y desarrollan las relaciones entre ellos.

En una de las primeras escenas de la cinta, Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) la radical y violenta líder del grupo insurgente French 75, encañona con un revólver al fascista capitán (luego coronel), Steven J. Lockhaw (Sean Pen), el encargado de dirigir los campos de concentración en los que se encuentran los migrantes ilegales. Ese encuentro está marcado por una pulsión de poder con una clara connotación sexual. Perfidia y Lockhaw, tan distantes ideológicamente, se atraen merced al culto a la violencia, la dominación, las armas etc., y por ello es que les es tan fácil desarrollar una relación enfermiza en la que despreciándose se desean (¿alguna similitud con los vínculos que en Argentina desarrollaron algunos dirigentes montoneros con el aparato represor?). 

Perfidia encarna a la revolucionaria grandilocuente, narcisista; es parte de esa izquierda que en determinado momento subordinó la ideología por el culto a las armas, (como bien retrató en nuestro país Gustavo Rodriguez Ostria, en su excepcional ensayo Teoponte, sin tiempo para las palabras. La otra guerrilla guevarista en Bolivia). Por ello abandona a su hija, justificación ideológica de por medio, y se “quiebra” (subordinando la lealtad a su comodidad individual).

El coronel Lockhaw, con menos matices que Perfidia, representa al cultor de los valores conservadores; orden, arribismo, subordinación, racismo, etc.; en determinado momento, estando enamorado de ella, le dice algo como “mataste gente, no habrá consideración contigo, porque además eres negra”. Le lleva flores a Perfidia, pero eso no significa que cambie su percepción acerca de la superioridad/inferioridad racial. En su mundo todo se subordina al privilegio y el ascenso social, por eso en la parte culminante de la trama, no tiene ningún problema en mandar a matar, o entregar a su propia hija a traficantes de prostitutas, con tal de demostrar que no tiene vínculos con la raza inferior.

Ghetto con menos luces y veleidades que Perfidia, sobrelleva su vida “quemando” su cerebro con drogas, mientras pone en la videocasetera viejas películas izquierdistas. Es el revolucionario que rumia su fracaso apegado a la nostalgia.

Con Una batalla tras otra, Anderson evoca a la izquierda dura, de los 70, justo en un momento en que el mundo se encuentra en el otro extremo del péndulo, el de la ultra derechización, encarnada en grupos de poder oscuros. Porque más allá de los personajes descritos, en la cinta se retrata la “cultura” de la insurgencia; la solidaridad, la rebeldía, el sacrificio, en definitiva, la noción de que la vida es algo más que la acumulación de riqueza individual.

La película ha sido seleccionada por diversas listas como la “mejor del año”, básicamente por dos razones. Primero, porque su calidad narrativa evidentemente deja por atrás al grueso de las cintas estrenadas comercialmente en el año; pero también, probablemente, porque es una respuesta ideológica de los sectores progresistas al giro político norteamericano. No es el único caso. Son varias las cintas que en este último periodo reflejan en sus tramas cuestionamientos a la derechización de la sociedad (un ejemplo reciente es el de la recién estrenada en Netflix, Wake up Dead Man a knieves out mystery de Rian Johnson).

Anderson es probablemente el director mejor conceptuado en este momento, en el mundo. Ha realizado 10 películas, todas de una manera u otra, caracterizadas por una alta calidad narrativa. En ese espectro se encuentran obras realmente destacadas como Boogie Nights (1997) o Petróleo sangriento (2007). Es un cine que se caracteriza por el detalle y la profundidad que pone en la descripción de los personajes y las relaciones que se establecen entre ellos. Por otra parte, su construcción visual, sin caer en el efectismo esteticista, está dotada de gran belleza y precisión.

En Una batalla tras otra, el director muestra su capacidad para manejar los distintos cambios de ritmo, de acuerdo a las necesidades del desarrollo dramático. La primera parte, por ejemplo, donde se describe las acciones del grupo insurgente, es trepidante. Y en las secuencias finales, la persecución en carretera, seguramente será mencionada en los libros del área, por su belleza inquietante y perturbadora.

Una batalla tras otra es un excelente ejemplo de un cine que sigue buscando la forma de decir cosas importantes a través de la excelencia. En la última edición de los Globos de Oro, ganó el premio a la Mejor comedia. Es probable, si las predicciones se cumplen, que también gane el Oscar. Pero ocurra o no, lo concreto es que perdurará como una de las cintas notables de la época. 



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