Detallada reseña crítica del libro del escritor uruguayo dedicado a la obra del cineasta boliviano.
Brújula Digital|18|01|26|
Alfonso Gumucio Dagron
La última vez que estuve con Jorge Ruffinelli fue en el Festival de Cine de Málaga, en 2004, donde ambos habíamos sido invitados como miembros del jurado. En nuestras conversaciones, recuerdo sobre todo su entusiasmo cuando hablaba de Carlos Gardel. Decía que sus investigaciones le habían permitido descubrir que el lugar de nacimiento del “mudo” era Uruguay, y no Argentina, con lo cual creía zanjar la interminable polémica que dividía a los dos países separados por el Rio de la Plata. Su libro La sonrisa de Gardel: biografía, mito y ficción (Trilce, 2004) fue una manera de revindicar a Uruguay en esa disputa.
No era el único tema que abordó en sus libros, la mayoría de los cuales se ocupan de literatura (los primeros) y de cine (los más recientes). Durante los años que vivió como exiliado en México escribió libros sobre José Revueltas, Juan Rulfo, Mariano Azuela, Nicolás Guillén y John Reed, entre otros. Ya en este siglo, publicó sus libros sobre cine latinoamericano, abordando la obra del chileno Patricio Guzmán, del colombiano Víctor Gaviria y del cubano Fernando Pérez, además de obras antológicas de crítica cinematográfica, como América Latina en 130 películas.
Varias de sus obras se editaron con el sello de la Universidad Veracruzana donde compartía la cátedra (y la estatura física) con nuestro querido Renato Prada Oropeza, a través de quien lo conocí a principios de la década de 1980. En 1986 emigró a Estados Unidos, adquirió la nacionalidad de ese país y ha continuado con sus investigaciones en el marco de la universidad de Stanford, donde ha sido profesor a tiempo completo.
Su lazo con Bolivia
Lo anterior es importante para situar a este significativo investigador uruguayo y a otro libro de su autoría, en el que se ocupa de uno de los cineastas más importantes de Bolivia: El cine de Marcos Loayza. Cuestiones de fe y realidad (Ediciones Diablo de Oro, 2025). El libro solo se ocupa de los tres primeros largometrajes de Marcos: Cuestión de fe (1995), Escrito en el agua (1997) y El corazón de Jesús (2003), además del documental El estado de las cosas (1997) y varios cortometrajes. Sin haber llegado todavía a conocer la obra más actual de Loayza, Ruffinelli ya establece una valoración altamente positiva.
La obra se inicia con algunas páginas sobre el cine de Jorge Sanjinés, el más conocido fuera de Bolivia hasta la década de 1970, subrayando que en aquella época era un cine que representaba a la población “70 % indígena”, lo cual era cierto, pero es un dato que en las décadas siguientes se invirtió. Los censos de 2012 y de 2024 evidenciaron que solo el 34 % se reconocía como de origen indígena.
Para poner en contexto la filmografía de Marcos Loayza, Ruffinelli aborda en las páginas siguientes la historia del cine boliviano, sirviéndose con prodigalidad de la obra de Gumucio “Dragón” (es decir mi alter ego…) y otras investigaciones más recientes… pero bueno, vamos al grano de lo que Ruffinelli quiere exponer. En el análisis del investigador uruguayo, “Marcos Loayza es la figura mayor, en ese grupo posterior, a Sanjinés y Eguino, habiendo filmado, en largometrajes, una de las películas más hermosas y de mayor éxito de público boliviano (130.000 espectadores), Cuestión de fe”.
El abordaje de esa obra es realizado por Ruffinelli no solo a través de su propia apreciación crítica, sino de entrevistas realizadas con miembros del equipo de filmación y con el propio Loayza, quien recuerda las etapas de su formación como cineasta, en particular los ocho meses que estuvo en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de Los Baños, en Cuba, y las tendencias que se manifestaban entre los estudiantes, algunos próximos al comunismo y otros ajenos, lo que dice bien de la apertura que existía. De ese periodo liminar, son reveladores los comentarios de cineastas cubanos como Ambrosio Fornet y Juan Carlos Cremata, pero, sobre todo –viniendo de quien viene– el expresado por Fernando Birri en una carta a Ruffinelli donde define a Marcos como: “melancólico y enamorado retratista de América”.
Del mismo modo, el Capítulo III, específicamente dedicado al análisis de Cuestión de fe, se complementa con los testimonios del cubano Nelson Rodríguez, que estuvo a cargo del montaje y el peruano, César Pérez, radicado en Bolivia, director de fotografía, que hablan sobre todo de su trabajo y de su propia concepción del cine (lo cual no deja de ser interesante). “En muchos años, el cine latinoamericano no había dado un ejemplo parecido de visión, entrañable y no demagógica de personajes populares, de celebración de la vida, aún en la mayor pobreza del ambiente, sin convertir esa pobreza en bandera de denuncias sociales, ni en cómplice aceptación de las desigualdades”, aporta el propio Ruffinelli sobre Loayza.
A lo largo del libro, el autor hace una valoración de cada película, en orden cronológico, con mucha precisión en la descripción de las principales secuencias y el análisis del lenguaje cinematográfico, con el añadido de los testimonios de quienes trabajaron con Loayza en cada proyecto.
Del análisis del largometraje El corazón de Jesús, se desprende otro capítulo muy interesante relacionado con Jaime Saenz, como motivo inspirador de la dramaturgia de Marcos Loayza, pero también de otros cineastas bolivianos, como Néstor Agramont y Francisco Ormachea, que realizaron cortometrajes sobre la obra de Saenz. Aunque es una digresión en el libro, permite acercarse al poeta ininteligible que tuvimos oportunidad de conocer, y su célebre tía Esther, que lo cuidaba y protegía (aunque no suficientemente de la pléyade de conversos).
Ruffinelli aborda también el documental El estado de las cosas (2007) que Marcos Loayza dirigió para acompañar visualmente el Informe Nacional sobre Desarrollo Humano que solía publicar regularmente el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (y no la Unesco, como se dice erróneamente varias veces en el texto). Destaca la coincidencia del documental con el cambio político y la llegada de Evo Morales en 2006 al gobierno, subrayando la particularidad de construir el relato a través de entrevistas con personalidades (muchas de las cuales seguramente no quisieran verse hoy diciendo lo que dijeron entonces). Ruffinelli no puede evitar manifestar su simpatía por el llamado “proceso de cambio” reflejado en el documental. Digamos que, en ese entonces, al inicio del primer gobierno de Evo Morales, una mayoría del país estaba embarcada (o embaucada) en ese proyecto político y lo miraban con entusiasmo.
Hay películas que envejecen no por sus imágenes, sino por el discurso que sostienen. De cualquier manera, se trataba de un filme de encargo y Marcos Loayza hizo una obra que constata un momento, una fotografía de situación, sin emitir como cineasta su propio criterio. Es más, prefiere que los entrevistados construyan el discurso, aunque obviamente, la selección de estos ya indica una orientación. Lo que queda claro en el resultado final y si alguna posición política se puede inferir, es la de Naciones Unidas de aquellos años, indiscutiblemente encantada con el proceso masista. Ruffinelli también simpatiza con ese proyecto en aquel momento: “Es el documental necesario en la coyuntura sociopolítica boliviana. Y aunque los hechos históricos lo ‘superen’ necesariamente, con el tiempo, las voces que testimonian sus sueños, sus programas, su idea de la nación, del pasado y el futuro, están ahí como un documento de importancia permanente”.
En el Capítulo IV, la entrevista in extenso de Marcos Loayza es valiosa, porque subraya el carácter independiente del cineasta, que se afirma claramente como un realizador que no se inscribe en ningún género cinematográfico ni corriente en boga, y que lo que siempre ha pretendido es hacer buen cine, narrar bien sus historias dentro de un marco ético. Esa posición tiene un alto costo. La independencia no complace a los grandes circuitos que –como las grandes galerías de arte, modelan a los artistas para que produzcan el arte que se vende. Loayza se considera marginal: “nunca he entrado en un festival de cine grande, ni Cannes, ninguno. Y no porque no quiera, encantado, pero no es el perfil. Nunca voy a entrar en esas cosas, seré siempre marginal (…) para mí es muy difícil hacer una película. Sé que respetan mi trabajo, pero no entro en ese círculo. Mi sueño es Woody Allen, un tipo que hace una película al año y no le cuestionan nada”.
Pero Bolivia no da para eso. Toma toda una vida hacer ocho o diez largometrajes, nadie lo ha hecho, más que Sanjinés. Un rasgo revelador de la entrevista es la sinceridad y candidez con las que Loayza habla de sí mismo. Después del éxito de Cuestión de fe, se aisló: “…me dormí un poco en mis laureles. Y además no sé venderme. Hay gente que cree que soy medio loco, porque me aparto y no hablo con nadie, y dicen que hago drogas… hay directores que van con la actriz, hacen relaciones, y los productores gustan de eso. Yo soy muy tímido, no hablo bien, explico mal mis proyectos, para mí es difícil”. El contexto internacional deja a Bolivia tan marginal como a sus cineastas: “además, la industria de América Latina es de una determinada manera, y yo estoy al margen”.
La última parte del libro reúne algunos textos de Loayza, añadidos para esta edición. El más desarrollado conceptualmente es “El espejo propio” (2007). Podemos discrepar o no con algunos de los conceptos vertidos en el análisis de las representaciones orales o escritas a lo largo de la historia: “las historias, las fábulas, los mitos, las metáforas y sus resonancias en general, siempre se han utilizado, o tratado de utilizar vanamente para que las cosas se queden como están, para que el poder se perpetúe, pero han tenido más bien una utilidad contraria ya han servido para engendrar los cambios, permitir sobrevivir a los más necesitados y a los más débiles”.
La metáfora del espejo es central en la concepción del cine de Marcos Loayza, y suele expresarse en los múltiples reflejos que incluyen sus obras: “pero no estamos hablando de un espejo hecho por un vidrio con plata de simple reflejo, sino que es algo parecido a un espejo mágico, es un sistema capaz de devolvernos más de un reflejo a la vez, de devolvernos varios reflejos distintos a la vez, en diversos registros y diversas profundidades; es un sistema capaz de devolvernos un reflejo en el que nos miraremos recién cuando estemos preparados para ello, o que tal vez serán nuestros hijos quienes alcancen a verse reflejados. Hasta es posible que sean los muertos, los únicos que consigan verse en ciertos reflejos”.
El libro de Ruffinelli sobre Marcos Loayza es un collage de cartas, recortes de prensa y entrevistas, y no un ensayo o estudio crítico escrito con el rigor académico que se esperaría de alguien que tiene la posibilidad de escribir en un contexto universitario en el que la investigación sobre cine es generosamente apoyada. Aunque carece de pie de imprenta y de ISBN, y los textos de Ruffinelli están fechados en 2008, la obra se presentó durante la Feria Internacional del Libro de La Paz en julio de 2025. Como no he visto otros comentarios publicados, me pareció justo elaborar esta reseña que reconoce su existencia.