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Bitacora | 18/01/2026   07:01

Lectura perpetua

Que los libros sean requisito burocrático, propone el autor –mitad en juego, mitad en serio– en este texto en el que reivindica a la lectura como opción de vida.

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Brújula Digital|18|01|26|

Dennis Lema Andrade

El pasado agosto, una astuta juez argentina condenó a leer El Principito a un desalmado que se negaba a pagar la cuota alimentaria de su hija discapacitada. Con esa inédita sentencia literaria, la magistrada buscaba que el sujeto reflexionara sobre valores fundamentales como la humanidad, la solidaridad y la responsabilidad suprema de cuidar a la familia. Al concluir, le fijó una fecha para que volviera al juzgado a rendir, en voz alta, su examen de conciencia. 

Sin mediar sentencia alguna, durante el último semestre de 2025 mi esposa y yo empezamos a leerles novelas a nuestras hijas, de cinco y ocho años. Comenzamos con La llamada de lo salvaje, de Jack London. La edición es una rareza digna de colección: es cochabambina (¡!), impresa en 1997, financiada por Opinión, el LAB y la alcaldía, a cargo de quién más sino de Manfred Reyes Villa –alcalde desde que yo tenía seis años–, cuya foto en la contratapa confundió a las pequeñas lectoras, que preguntaron si aquel señor de jopo, patillas y mostacho, con una banda celeste cruzando su fino traje, era el autor de la novela.

El capitán, en un inesperado arranque de fervor bibliófilo, sentencia desde la contratapa que el libro es “la mejor esperanza del hombre” y “lo más expresivo del intelecto y el alma humana”. Elay. Sin embargo, creo que esa iniciativa municipal fue más significativa para los cochabambinos que las obras que, en esta nueva campaña electoral, pregona como grandes conquistas urbanas: la moderna plaza de comidas en el campo ferial, las estaciones del Vía Crucis en el cerro San Pedro (¿?), la playa artificial en Coña Coña…

Después vinieron La isla del tesoro y Oliver Twist. Por el torbellino emocional –miedo, ansiedad, risas, llanto– que desataron en mis hijas, puedo afirmar que los libros están cumpliendo su cometido: les adelgazan la piel y afinan su sensibilidad, las transportan en espacio y tiempo, fuerzan a su cerebro a crear rostros y voces para cada personaje, les expanden el vocabulario y entrenan su concentración. El indómito perro Buck, el traidor Silver, el audaz Hawkins, el inocente Oliver y el ruin Monks les enseñan lecciones que nosotros no podemos darles y que la escuela nunca les dará. Son sus amigos imaginarios, huéspedes de sus sueños, compañeros invisibles que les explican el mundo: las dimensiones del individuo, el valor de la ética, la inutilidad del fanatismo... 

También, de a poco, las ayudan a despegarse del esnobismo, ese envoltorio brillante y engañoso tan propio de nuestra sociedad, que confunde una cata de vino con un evento cultural; a distanciarse de esos hombres presumidos, potencialmente violentos, cuyo Everest intelectual es dominar su corbata y perfeccionar un nudo Windsor; y de esas mujeres convencidas de que sus hijos serán geniales porque les pusieron a Bach cuando estaban en el vientre. Ambos creen que su deber parental queda saldado con un viaje a Disney, un concierto de Taylor Swift, un colegio americano y un viaje de promo. Una lista de lujos que, al final, solo produce adultos con recuerdos caros y almas pobres.

Es desolador lo ajena que está la sociedad a la literatura, al buen cine, a la buena música. Hace décadas que un artista no inspira el mínimo respeto. Ni la centésima parte del que le prodigamos, por ejemplo, a los futbolistas: individuos primarios, con cortes de pelo ridículos y acento argentino, que apenas el árbitro pita el final se entregan al despilfarro y a estúpidos escándalos de faldas que nutren la prensa amarilla. Ni la milésima del que otorgamos a los políticos que, salvo contadas excepciones, invierten su ingenio, tiempo y esfuerzo en una sola “obra estrella”: el desfalco sistemático del pueblo que los votó. 

Ni siquiera alcanza al crédito que les damos a los influencers, esos embaucadores digitales que crean contenido banal con la oscura misión de generarnos necesidades para vendernos basura. Todos ellos gozan de una consideración que al artista se le niega. Por no generar economía abundante ni detentar poder, se lo tilda de ocioso, incluso de mediocre. Pero un país que desprecia a sus artistas está condenado a no entenderse a sí mismo, y a repetir, como un disco rayado, todos sus errores.

Ya que Bolivia es un país monstruosamente burocrático, propongo añadir un requisito más al rosario de trámites para postular a cualquier cargo público: haber leído un clásico ruso o francés, una novela del boom, un libro de historia nacional y otro de filosofía. El candidato debería exponerlo después ante un tribunal, sin apuntes donde esconder su ignorancia. Suena excesivo, pero estará usted de acuerdo en que así nos libraríamos de un buen número de magisters en malversación que piensan que el “Chueco” Céspedes era un destacado lateral por izquierda.

Los libros forjan criterios sólidos, familias unidas, sociedades con memoria. Acudamos a ellos por hambre de comprensión, no por mandato judicial. Que nuestra condena sea, simplemente, la lectura perpetua.



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