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Bitacora | 11/01/2026   07:05

"Sin muchas letras", de Jesús Urzagasti

Texto leído en la presentación, en noviembre pasado en La Paz, del libro de columnas del poeta y narrador chaqueño.

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Brújula Digital|11|01|26|

Kurmi Soto Velasco

Sin muchas letras reúne una selección de artículos de prensa escritos por el novelista y poeta chaqueño Jesús Urzagasti, publicados entre 1989 y 1995 en el diario Presencia. Se trata de su columna homónima, dedicada a la actualidad de Bolivia, y particularmente de la ciudad de La Paz.

La organización del volumen no sigue un orden cronológico, sino temático, con el propósito de revelar los principales intereses del autor, que van mucho más allá de la simple narración de la vida social local. En estas páginas se perfila, más bien, una poética personal, una forma de pensar el arte y la escritura desde la experiencia cotidiana.

Del conjunto, se han dejado de lado deliberadamente los textos más coyunturales, aquellos ligados a acontecimientos políticos de escasa trascendencia (aunque el tema de la corrupción, por ejemplo, vuelve con cierta frecuencia). No obstante, se trata de textos profundamente marcados por su tiempo, escritos en los años en que todavía existía la Unión Soviética y en los que los Estados Unidos se mostraban, a un mismo tiempo, atractivos e inquietantes. Basta recordar un título como “Viaje gratis a Miami”.

En medio de esos vaivenes históricos y culturales, el autor se da el tiempo de filosofar, de reflexionar sobre los sueños como método de conocimiento, sobre los beneficios de la risa en situaciones casi parabólicas, o sobre los caminos de la memoria. En uno de sus textos, por ejemplo, evoca un pequeño sendero en Calamuchita, “que de pronto era interrumpido por un río de crecidas aguas, al que había que vadear para continuar el viaje, siempre a pie por un espacio donde se amontonaron las piedras y el ruido inicial del mundo”, y donde “uno tenía la sensación de que ahí había empezado a funcionar el universo con su hermética relojería de milagros y asombros”.

En ese mismo tono, entre lo cotidiano y lo visionario, aparecen también episodios curiosos y oníricos: habitar Marte, descubrir el misterioso tocororo: ese animal nocturno que “camina o vuela” y que se comunica en su propio lenguaje, comprensible solo para unos cuantos seres.

Y entre líneas, se advierte la presencia de los maestros del maestro: Thomas Mann, Julio Cortázar, Franz Kafka y, con particular sorpresa, el doctor Jung.

Entre esos nombres, también asoma Juan Rulfo, cuya literatura, como la de Urzagasti, transita entre los vivos y los muertos. En sus textos, la presencia de los muertos entre los vivos no es metáfora sino compañía: “Los muertos pueden ser agricultores, mecánicos, escritores, viajeros consumados, santos anónimos, gobernantes, ancianos, niños, geólogos, navegantes, exiliados, costureras o abogadas. A la hora de la hora, ante todo son muertos”. Hay, en esa convivencia, una jerarquía de la ficción: los muertos y los vivos comparten el mismo territorio, como si la literatura fuera la única geografía posible del reencuentro.

Esa geografía es también la de Bolivia, que Urzagasti concibe no solo como un espacio físico, sino como un itinerario espiritual. En una de sus páginas escribe: “Un camino es para partir y para llegar. Aparentemente es el mismo, pero no lo es. Lo sabe el que parte y lo descubre el que llega: en ambos hay alegría, pero en el segundo se acumuló el cansancio y solo quiere dormir bajo un techo sobre el que cae la infinita lluvia de la infancia. Un camino no es camino si no lo recorrieron los hombres”.

Allí está condensada su visión de Bolivia: un territorio recorrido por la memoria, por la fatiga y por la esperanza, habitado por talismanes, por la violencia en el Chapare, por la DEA, por el fantasma de los gringos en la Bolivia de finales de la década de 1980, y por la idea persistente de habitar el mundo a través de la palabra. Un país del silencio en el que todavía resuena el entrañable violín de Fortunato Gallardo. 

Ya en el prólogo, Martín Zelaya señala que la columna constituye un género en sí mismo. Un arte, dice, venido a menos, y ciertamente poco cultivado en nuestros días. Sin embargo, este libro nos recuerda que no por breve se es menos profundo, y que en la economía de las palabras puede residir el más intenso efecto de un escrito que sabe lo que dice y cómo lo dice: “como una flecha certera”.

En estos tiempos, resulta casi impensable que alguien se detenga a escribir en un periódico sobre la eternidad del amor, sobre la belleza de la colectividad, o simplemente sobre los recuerdos de la infancia y de la juventud. Incluso, tal vez, el gesto de valorar lo pequeño haya desaparecido. Y sin embargo, la lectura de estas columnas demuestra que lo pequeño nunca fue menor para Urzagasti: fue, más bien, la puerta de entrada a una manera distinta de mirar el mundo. 

En su escritura, lo cotidiano se vuelve símbolo, la memoria se vuelve presente, y la realidad boliviana (con sus contradicciones, sus apariciones y sus silencios) se convierte en materia de una meditación literaria que todavía interpela. Este libro nos recuerda que existe una palabra que, fiel a su propia modestia, sigue alumbrando cuando se la vuelve a leer.



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