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Bitacora | 11/01/2026   07:01

Al final de la curva

Una reseña de La curva recta, novela de Agustín Echalar.

Detalle de la portada de la novela "La curva recta".
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Brújula Digital|11|01|26|

Alfonso Gumucio Dagron 

Toda obra literaria es –en menor o mayor medida– autobiográfica, pero el lector no conoce la proporción, ni el momento de vida retratado, ni la composición química de los personajes; por ello, predomina la sensación de descubrimiento que hace fascinante toda la literatura, aquella que trasciende a través del tiempo, pero también aquella primigenia que da cuenta de un momento preciso de un estado de ánimo, o de un hecho que marca la vida de un personaje. 

La breve novela de Agustín Echalar Ascarrunz, La curva recta (1990, edición del autor), narra a un personaje que se interroga y busca respuestas que no encuentra y que lo llevan a preferir una no-vida; es decir, una ausencia definitiva de este mundo terrenal. “Casi se había olvidado de las ganas de no despertar…”, leemos en las primeras páginas y un poco más adelante: “La vida para Arturo no implicaba misiones ni verdades; para él, lo más ligado al concepto de existencia, era la pregunta, la duda; y así sobrellevaba él la suya”. 

Esta es una novelita (el diminutivo no es despectivo, sino una indicación sobre su brevedad) que se deja leer de una sola sentada por su prosa cuidadosa al extremo, cuya cadencia en una lectura en voz alta permite encontrar el ritmo como en un poema o canción. 

Desde las primeras páginas, el personaje de Arturo es presentado como un hombre joven, que se aburre de todo, que apenas aguanta el tedio de las conversaciones con otros, incluyendo a su propia familia. ¿Qué sucederá en los siguientes capítulos? ¿Qué se puede hacer con un personaje cuyo principal afán es no hacer nada, matar el tiempo en un café, soportando conversaciones banales? 

El recorrido de Arturo en la novela de Echalar no es el de Leopoldo Bloom de Joyce, ni La Paz es Dublín. Aquí el destino del protagonista está trazado desde un inicio, y no pasa mucho en las 24 horas de la vida de este personaje un tanto fatuo, con una vida interior tan sedentaria como la exterior, que se embarca en una crisis existencial más que una expedición de indagación filosófica. Antes que una forma de expresión provocadoramente experimental y enigmática (como Ulises), la novela de Echalar podría asociarse por su estilo a los relatos en el estilo del nouveau roman francés, donde no importa lo que (no) pasa, sino la manera de describir sin prisa eso que (no) pasa. 

Arturo podría ser anarquista por algunos gestos de rebeldía, pero en el fondo es monárquico por designo divino (el del narrador-cómplice): “se sentía diferente, ajeno a la gran masa uniforme de uniformados, que deambulaban con saco azul y pantalón plomo o con ternitos de lana inglesa”. 

La división –a todas luces arbitraria– de los capítulos (“Desayuno”, “Almuerzo”, “Siesta”, “Cena”, etc.), no responde tanto a un rigor cronológico como a una excusa que permite al protagonista endurecer su pesimismo sobre la humanidad en la voz de su narrador (que no es neutro, sino cómplice y encubridor). 

No sé si otros colegas que se dedican, con mayor instrumental teórico que yo, a la crítica literaria han escrito sobre esta breve novela de Agustín Echalar, o siquiera la han leído, pero deberían hacerlo; sobre todo los que son críticos de profesión, no solo porque a eso se dedican en el ámbito académico y en sus obras de investigación, sino para luchar contra el “ninguneo”, que es uno de los males endémicos de nuestro mundillo literario. Si no eres parte de algún grupo generacional, nadie escribe sobre tu obra. 

Podrían darle “palo” a la novela de Agustín y él se sentiría bien, porque es mejor saber que alguien ha leído tu libro, a que este permanezca en el limbo de la incertidumbre; es decir, ese espacio gris entre el cielo del reconocimiento y el infierno de la crítica acerba. Siempre es mejor el infierno que el limbo de la indiferencia. La actitud arrogante de los perdonavidas de los suplementos literarios (en Bolivia casi no existen), contribuye a crear esas capillas de compadres que se ensalzan los unos a los otros, en una espiral excluyente sin fin.

No todo gira en círculos en la vida de Arturo. La novela deconstruye también relaciones humanas, dedica algunas páginas a su soledad y a su incapacidad de establecer relaciones de amistad o amorosas con sus amigos y amigas. El personaje se siente tan diferente a todos que parece que buscara adrede en cada relación una ruptura. Es un patrón de conducta que se repite a lo largo de la novela: en sus cavilaciones, confunde el suicidio con las ganas de no despertar; es decir, una acción trágica contra sí mismo (para lo cual tendría que reunir mucho valor), con el simple deseo de estar fuera de una realidad que aborrece.

¿Tendrá la voluntad de suicidarse de un solo golpe, o apenas lentamente, durante muchos años, cultivando su apatía por todos y por todo? Echalar logra una descripción creíble, plausible, de un protagonista pusilánime y marginal; un antihéroe, cuya trayectoria nunca llega a materializarse en nada concreto. Por ello, la forma de su muerte, al final (como el desenlace de un cuento), resulta algo inverosímil, porque es un gesto dramático que está precedido por muchos gestos mediocres, tal como el narrador los describe en capítulos anteriores. Si la verosimilitud es la coherencia interna en un relato (por muy inventado que sea), la verdadera sorpresa, al final de este, hubiera sido que el protagonista siga sobre-muriendo como hasta entonces:

Mucha gente había muerto por sus ideales, él se había dado cuenta que ya no podía tener ideales, que ya no existían metas para él. Tenía que lanzarse al abismo. Si no lo hacía ese día, lo haría la semana siguiente o el mes próximo o dentro de algunos años. Lo que más le preocupaba era que si esperaba mucho, podría acostumbrarse a sobrevivir, a mirar a través de la ventana, se olvidaría de las preguntas y las incógnitas y terminaría sus días mendigando unos instantes más de vida.

Agustín (“nacido en La Paz en 1960 y aún vive”, como dice la solapa del libro), tenía apenas 30 años cuando publicó esta novela. No ha vuelto a reincidir en el género por razones que desconozco. Ya le preguntaré en algún momento. 

Puede parecer anacrónico comentar una novela publicada 35 años atrás, pero no lo es. Vivimos tiempos en los que la “nueva” producción literaria quiere convertirse rápidamente en obra “clásica”, con ayuda de becas, premios y capillas de amigos. Descartamos demasiado pronto lo “viejo”, como si hubiera quedado encerrado en una iglesia de piedra abandonada y devorada por la maleza. El “siglo pasado” suena mal en los círculos literarios, como una construcción desprovista de interés. Salvo el endiosamiento del canon literario inamovible, lo demás carece de categoría por inclasificable. Por eso, con mayor curiosidad, suelo leer obras que no son el último grito de la moda, ni el grito de una moda de antes. Obras que han hecho silenciosamente su camino hasta mi biblioteca y que escojo casi al azar. 



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