En la tercera entrega de la saga, el cineasta canadiense cumple con su habitual nivel.
Brújula Digital|04|01|26|
Fernando Molina | Tres tristes críticos
La franquicia Avatar ha desplegado en tres películas la historia de la colonización del planeta Pandora, componiéndola sobre la base de la experiencia real de la colonización europea.
La primera etapa ha sido la del enclave extractivista; la segunda, la del asentamiento y la consiguiente trasformación violenta del medioambiente. De inicio, la colonización se produjo únicamente por medio de “avatares”, es decir, de unos artilugios biomecánicos controlados a distancia que replicaban a los navi, miembros del pueblo originario de Pandora, pero en el tercer capítulo, que acaba de estrenarse con el subtítulo de “Fuego y ceniza”, entran en acción unos personajes que nosotros conocemos muy bien: los indígenas renegados que se pasan al lado de los conquistadores. El Pueblo de la Ceniza cumple este triste papel, el del cipayo, el de quien se une a los adversarios llegados de fuera en contra de su propia gente.
Otros procesos de la colonización histórica que se han replicado como elementos de la colonización interestelar son: el carácter insostenible de la captura de riqueza natural, la destrucción de las creencias religiosas preexistentes, como las ceremonias de unificación entre los navis y los tulkun (ballenas de Pandora); la entrega de tecnología (armas) a los aborígenes a cambio de sus servicios, la aculturación de algunos conquistadores por su exposición a las creencias y costumbres nativas, etc.
Todo el operativo de conquista se presenta según los parámetros de la “leyenda negra”: lo únicos “buenos” son los científicos asignados a Pandora, posmodernos descendientes del padre Bartolomé de las Casas. Y, por supuesto, no puede faltar, del lado de los pueblos considerados “primitivos”, el panteísmo o, como decimos nosotros, el “pachamamismo” que al final los convierte en los más avanzados porque cuentan con el apoyo de la Madre Naturaleza.
Estamos, entonces, ante una historia bien conocida, solo que localizada y ambientada en el lugar más exótico imaginable, en el que pueden verse islas flotando en el aire, fauna y flora fantásticas, etc. En esta dimensión, que no es la menos atractiva de la película, el mérito corresponde sobre todo a la animación por computadoras, guiadas con virtuosismo y minuciosidad por el creador y director de la saga, James Cameron.
En un gesto típicamente hollywoodense, la resistencia a la colonización recae en un gringo, un exmarine que se convierte en jefe de todos los clanes navi. En la tercera entrega lo encontramos listo para volver a la pelea contra los “hombres venidos del cielo”, es decir, en una fase “José Martí” luego del tiempo de retiro de la política activa –por miedo a que su familia pudiera resultar dañada– retratado en el segundo filme.
La colonización es la carcasa de la serie a la que Avatar. Fuego y ceniza pertenece, pero el motor narrativo de ambas, serie y película, es otro: la acción desenfrenada, la adrenalina de la guerra, la aventura y el viaje por aire, tierra y mar. Ahí es donde también se ve la mano del director Cameron, su habilidad para meternos y conducirnos por un subibaja emocional durante más de tres horas, sin que nos cansemos ni aburramos.
En esto este filme es incluso mejor que el anterior, que se demoraba mucho en las partes “antropológicas” de presentación del nuevo hábitat acuático al que terminaban llegando los protagonistas. Esta vez el ritmo es vertiginoso sin caer en la confusión, pese al exceso de persecuciones, ocultamientos, batallas, emboscadas, etc. Sin embargo, ni todo el talento del director puede evitar que algunas escenas sepan a manjar repetido y, por tanto, empalagoso, pero en general la película entrega lo que ofrece: inmersión en un mundo fantástico y sobreexcitación cerebral por los avatares vitales de los (ex)avatares de Cameron.
Por supuesto, la inclusión de algunas alegorías políticas que nadie se toma en serio no sacan al filme de su categoría escapista y comercial. Algunos venden autos; otros, blockbusters. Claro que hay unos autos mejores que otros. Este último modelo tiene el toque del director de Titanic.